Merece siempre la pena (es decir, el viaje, el tiempo, el esfuerzo), antes que todo, visitar la pequeña bella localidad y comuna de Ainhoa (cerca de los 700 habitantes), en la ribera del río Nivelle, Labourd-Lapurdi-Labort (Nueva Aquitania), la más cercana a España, que fue fundada en el siglo XIII como vicaría del monasterio premonstratense de Urdax. Incendiada y destruida en distintas guerras, también a manos de los españoles, sus casas, que mantienen el estilo de los siglos XVI, XVII y XVIII, fueron reconstruidas posteriormente. En los tiempos revolucionarios, en los que fue una de las comunas mártires, la llamaron Mendiarte, (la entre montes) para despojarle hasta de su raíz nominal. Es ahora ante todo una calle recta, Camino de Santiago, poblada a los dos lados y extendida en forma de rodal en los dos extremos, con algunos caseríos desperdigados por los alrededores. En medio de la calle, con sus casas de entramado blanco y rojo en hilada y a dos aguas, se planta la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que centra y eleva la calle y su paisaje hasta los cielos, rodeada del camposanto-jardín tradicional, siempre lleno de nombres, de flores y de gente que lo visita. Al este de la misma se abre el recortado frontón, donde siempre alguien juega a la pelota, en algunos de sus muchos lances. Está considerado como uno de los pueblos más bonitos de Francia.
Y merece la pena también, cuando se visita Ainhoa, buscar la salida hacia la única capilla de una Virgen aparecida en el País Vasco francés, en la subcima del Atsulai.Atxulai, a 389 metros no más. Al sur de la iglesia parroquial, cerca del restaurante Argi Eder, se toma la Kaperako bidea, una pista con suelo de grava que se retuerce, una y otra vez, hasta llegar a la Capilla de Notre Dame de l ´ aubépine (Nuestra Señora del Espino), Arantzeko Ama Birjina. Nos dijeron que no se podía subir con coche, pero no nos dijeron desde dónde y hasta dónde, y, de pronto nos encontramos en medio del empinado sendero. ¿Qué hacer? Dejamos el coche en un estrecho recodo y nos bajamos sobre nuestros pies.
Nos cuesta un tanto subir, por algo el camino es también una vía crucis, desde 1886, bordeado por las trece cruces tradicionales, de madera caleada. Bajan gentes más jóvenes que nosotros y no parecen sufrir cansancio alguno. Nos entretenemos un poco con las plantas y flores del camino que, siendo agosto, son las que nosotros vemos cerca de Pamplona en el mes de junio. Los helechos nos acompañan en gran parte del recorrido. Llegamos a la Domingoreneko Borda, una villa campestre con un huerto lucido en derredor. Nos dice la joven que lo riega que ya falta poco, pero a nosotros nos parece mucho. Estamos a punto de desfallecer, y se va haciendo tarde. Las vistas que gozamos sobre la Xareta son las que nos mantienen y el compromiso de llegar hasta arriba. Ya no nos queda más que el último recodo. En la última ladera, debajo de la capilla, hay una pequeña gruta, entre tiestos de flores, con la advocación a la Virgen del Espino y el othoi egizu guretzat (Ruega por nosotros), que recuerda el sitio donde se apareció al pastor.
En la subcima del monte, en el Col des Veaux (Collado de los terneros), bajo un alto peñascal y en medio de un despejado raso, se levantan tres grandes cruces blancas de madera con la talla de un Crucificado sereno, y a su lado las dos cruces de los dos bandidos crucificados junto a él, retorciéndose en su dolor por el tormento. A sus pies, 26 estelas funerarias que representan los pueblos de la Xareta. Aquí y allá, pastan a su placer yeguas y potros -hoy no veo vacas ni ovejas- dando al paisaje un aire de cuadro clásico pastoril – religioso, de pintor realista y místico.
No lejos del Calvario -la estación duodécima del vía crucis-, una capilla rectangular, de estilo baztanés, con reja en el vestíbulo, sombreada por grandes plátanos, alberga la pintura de la Virgen del Espino -arbusto solar y protector, preferido por todas las Vírgenes de la cristiandad-, que preside el altar, con dos tallas de la Virgen y otras dos de San José que se reparten los muros laterales. Una talla de Santa Rita sirve también a la devoción popular en el vestíbulo, de tal manera que en no pocas entradas de la red se habla de la capilla de Santa Rita. Nos sonríen algunos de los caminantes que han subido antes que nosotros y que nos animaban cuando nos pasaban. Las viejas capillas fueron varias veces destruidas en los belicosos siglos XVI-XIX. Durante la revolución francesa, cuando toda la población fue desterrada por el Terror, la imagen fue enterrada para ponerla a salvo. Por fin, en 1897 se construyó la pequeña gruta, y, un año más tarde, un paisano de Ainhoa, un americain, enriquecido en América, sufragó los gastos del Calvario y de la capilla. La romería se celebra cada año, el lunes de Pentecostés.
La sonrisa de la Virgen, tan traída y llevada, y la vista del mapa verde y con muchos pliegues, traspasado por el lánguido y penúltimo sol de la tarde, de los cuatro pueblos, campos y caseríos de la Xareta (Zugarramurdi, Urdazubi-Urdax-Sara y Ainhoa), con el morrazo del La Rhune al fondo y la postal de Ainhoa, a nuestros pies, bien merecían la pena, sí, también la pena-penalidad de subir hasta arriba del todo.