Escuché la conferencia del benemérito filósofo de la Religión, Manuel Fraijo, en Pamplona sobre la vida eterna. Es todo lo mejor que se puede decir sobre ese punto clave de la reflexión humana desde una filosofía abierta a la transcendencia. La razón filosófico no puede ir más lejos. Más lejos fue, claro, mi admirado teólogo Andrés Torres Queiruga, cuyas conferencias envié a muchas personas amigas, porque en este caso se trataba de un teólogo creyente y confesante. Fraijo recorre célebres lugares en el panorama filosófico, favorables a esa vida eterna, desde Platón, pasando por Kant y llegando a Unamuno, Zubiri, Laín, Rahner, Moltman, Pannenberg o Küng, y los comenta brevemente con glosas similares. Pero, al hablar de pasada sobre los relatos evangélicos de la Pascua, se le escapó el epítelo mitológicos. Sé lo que él quiso decir, pero lo considero desacertado. Mito, la sagrada y venerable palabra mito tiene por desgracia en el habla popular un significado muy negativo: suena a engaño, a mentira engañosa, a patraña. Por otra parte, los relatos de la Pascua, de los cuatro evangelistas, como los relatos de la Infancia, de Mateo y Lucas, no son propiamente mitológicos (adjetivo de mitologema, como mítico es adjetivo de mito). Para no enredarnos en términos ténicos bíblicos, digamos que son, más bien, relatos parabólicos, parecidos a las parábola utilizadas a menudo por Jesús de Nazaret en su predicación cotidiana. Son un género literario, que convierte en relato vivo, en ejemplo cercano y familiar, un acontecimiento real espiritual, difícil de explicar en términos de prosa abstracta y puramente racional. Una vez más, qué qusieron decir con lo que dijeron. En este caso, la vivencia profunda del encuentro con Jesús resucitado por Dios. Lo que se quiere decir con estos relatos bellísimos, encantadores, es que Jesús estaba vivo y viviente, presentísimo en la vida diaria de los suyos, a la hora de la oración, de la reunión, y hasta de la pesca. Presente en Pedro, en los Doce, en María Magdalena, en los discípulos de Emaús, que fueron totalmente «moviiizados» -un acierto expresivo de Fraijo- por Él.