Es curiosa la propensión del ser humano a la tríada, al número de tres, desde Pitágoras a Hegel, y desde Hegel al último logógrafo de nuestros días. Incluso los Magos de la parábola teológica del evangelista Mateo fueron tenidos como tres desde los primeros tiempos. Y hasta les pusieron a los tres nombres orientales e inolvidables: Melchor, Gaspar y Baltasar. Como ya se sabe, ni los Magos, ni la estrella -¡aún andan los diarios más laicos y laicistas españoles elucubrando con planetas y cometas!-, ni el edicto de empadronamiento, ni los inocentes y su matanza por Herodes, ni el viaje a Egipto… son reales, en el sentido de históricos, sino reales personajes del midrash judío, explicación exegética, comentario teológico-literario de la actualidad bíblica neotestamentaria, basado a veces en un texto del Antiguo Testamento. Pero tan reales son los Magos como Don Quijote, Don Juan o la Celestina. Todos ellos pudieron ser de otra manera, pero son así, como fueron creados. A nadie se le ocurriría hacer de Don Quijote una señora, como su ama o su sobrina, de don Juan una doña Inés, o de la Celestina un bujarrón de barrio. Sólo a ciertas meninges de Valencia, trastonadas por la frivolidad de género o por el sectarismo anticatólico, puede ocurrírseles, y, lo que es peor, llevar a la práctica el nombre de tres magas llamadas Libertad, Igualdad y Fraternidad. Dentro de poco alguien, más moderno y progre todavía, podría llamar a los tres Magos: Revolución, Dictadura del Proletariado y Paraíso Comunista. Y en Barcelona, para estar al día, y no incluir a la puta traidora Anna Gabriel (de la CUP) en el reparto, podrían bautizar a los tres Magos con los apellidos, patróticos, sonoros y populares, de Mas-Junqueras- Forcadell.