Escribo a los Magos de verdad:
a los reales,
no a los Magos ideales,
que pinta el evangelista
en su parabolista
cuadro de la Cristiandad.
Les pido a los Magos ejemplares,
que derraman en múltiples hogares
la humana felicidad,
que sigan este año de desgracias masivas
la estrella fugitiva
de millares de niños refugiados
y repartan entre ellos los tesoros preciados
de la vida, la esperanza y la santa humanidad.
Y, dejando a sus pajes las ricas cabalgatas
de Occidente,
se vuelvan al Oriente,
donde nuevos Herodes ensayan sus bélicas bravatas,
y alegren a los niños de la guerra inclemente
por tierras de Damasco y de Bagdad.