La popular Mari-Blanca, desenvuelta y juvenil, opulenta y graciosa, es una de las muchas estatuas, vulgares o no, que ornan las plazas y jardines de Pamplona, de las que casi nadie sabe nada.
Nos dijeron que la talló en mármol el escultor madrileño Luis de San Martín, y que fue colocada en 1800 en la fuente de la Beneficencia o de la Abundancia, diseñada por el pintor y académico Luis Paret y Alcázar.
La fuente comenzó a dar agua de Subiza, dos años antes, en el centro de la Plaza del Castillo. Un siglo después, la cambiaron por un feo quiosco de música y llevaron a Mari-Blanca a la Plaza de San Francisco, creyéndola franciscana,
Poco más tarde, la arrinconaron en los jardines del Paseo de la Taconera, a la sombra de un cedro y entre macizos de flores. Ahí, al menos, se entiende mejor su rueda de la Fortuna o de las estaciones, su niño con oca y su cuerno de la abundancia frutal: Pomona.
Un mal día, repetido, bárbaros indigenas le arrancaron ora un brazo, ora la cabeza.
Pero ahí sigue, limpia ya de líquenes, oronda de formas, dándole a la rueda, y derramando sobre todos nosotros el cuerno de la abundancia.