Es natural que quienes hicieron del mito del progreso continuo (progresismo) el ideal de su vida, terminen, después de muchos fracasos, en nihilistas resignados (la nada como horizonte), aunque seguramente amargados y resentidos, o en violentos de alguna violencia, aunque, por necesidad, disimulada o llevada con cierta cautela, pero capaz de saltar a la menor ocasión propicia. La política es un buen campo de ejercicio de todos estos progresistas, nihilistas y violentos, en sus distintas evoluciones y fases. Las diferentes denominaciones, de cara a la galería, de las formaciones políticas no debieran ocultarnos su más honda realidad.