Oigo en la cadena COPE una entrevista hecha a Alfonso Guerra, crítico furibundo contra el Partido Socialista Obrero Español de Pedro Sánchez, según venía declarándose ya hace tiempo. No está de acuerddo ni con el previsible pacto de Gobierno, ni con la política llevada a cabo en Cataluña, ni con el esperpento en que se ha convertido el Congreso de los Diputados. Dice que el PSOE es otro del de ayer. Bueno…
Pero ni una sola palaba de autocrítica. Ni sobre la corrupción del mismo partido socialista: todavía Guerra sigue justificando lo ocurrido en Andalucía. Ni sobre la política sectaria que llevó su partido de entonces con «la derecha más casposa de Europa», cuyas consecuencias estamos viendo. Ni sobe su política de cesiones a los nacionalismos vasco y catalán, que le sirvieron tantas de veces de apoyo y cuyas concesiones a los mismos lamentamos hoy. ¿Para qué vamos a hablar de los Egiguren, Zapatero, etc. en relación con ETA, la Izquierda Abertzale, Navarra…? ¿Y de qué partido era Montilla y Maragall? ¿Y quién toleró la actuación suicida del PSC durante años? ¿Y quién hizo avaló el segundo malhadado Estatuto maragalliano-zapateril, con Guerra en la presidencia de la Comisión Constitucional? Y así podríamos seguir.
El adanamismo es posible cuando no hay memoria o se intenta borrarla. Y no se entiende la autocrítica como parte de la crítica y de la libertad. Ni, por supuesto, se cultiva esa planta casi desaparecida que se llamaba verdad.