Venimos de recorrer Candanchú, donde ha caído la primera nieve y se ha alegrado un poco un pueblo casi vacío, y de ver el penúltimo sol de la tarde de noviembre esquiar por la nieve recién caída en las rampas de Astún. Antes de llegar a Jaca vemos, como siempre, en el alto la iglesia románica, que nunca hemos visto de cerca. Nos ponemos a subir y nos damos cuenta de que se trata uno de los pueblos má bonitos de Aragón y de España, partido en dos por un barranco al que llaman nada menos que Casadioses.
Dejamos el coche en un descansillo del empinado carretil que asciende y se reparte luego en los dos barrios. Y subimos a pie hasta a la cima del barrio izquierdo, hasta una calle que se llama nada menos que Luis Buñuel. Comienza a oscurecer y no vemos luz alguna en ninguna de las casas, casi todas de losas de piedra caliza, algunas nuevas de pizarra, con las típicas chimeneas argonesas, casi todas con jardín. En la puerta de dos de ellas hay un coche aparcado, Por la calle de las Eras bajamos hasta el puentecillo que sormonta el barranco, que lleva bastante agua, y pasamos al otro barrio hasta llegar a la iglesia de San Miguel, en la cúspide del poblado y a 921 metros de altitud.
De estillo románico en su origen (siglo XII) y reformada en los siglos XVI y XVII, es un templo de una sola nave cubierta con bóveda estrellada, con cuatro capillas entre los contrafuertes y torre campanario de aspecto fortificado. En el retablo de los hermanos Ruesta, del sigl XVII, el arcángel, en guisa de guerrero, alancea a placer al demonio. En el exterior, el ábside románico, de buena sillería, se abre en una ventana de medio punto, cerrada ahora con alabastro. Junto a la iglesia perduran los restos de la fortaleza medieval. Primero fue Torre de Señales en la época tadorromana para defender la Vía del Somport (Summus Portus), que heredaron los visigodos. Luego fue línea fronteriza con el mundo musulmán y llave para la defensa del Valle con su castillo. Para los peregrinos de los siglos XVIII y XIX, antes de llegar a Jaca era parada obligatoria en la Posada o Venta de Parajes de Castiello.
Castiello de Jaca, en pleno Camino de Santiago, es conocido como la Villa de las Cien Reliquias. Alguna están guardadas en una arqueta de plata junto al sagrario del altar mayor de la iglesia de San Miguel. Las restantes en cuatro casas del pueblo. Cuenta la leyenda que un peregrino valenciano, que no se sintió on fuerzas para seguir hasta Compostela las dejó en agradecimiento al ayuntamiento y a cuatro familias que le habían socorrido. Por eso el alcalde guarda la llave de la arqueta de las reliquias, que son mostradas una vez año año, el primer domingo de julio.
Desde la parte sur del templo vemos, a la última luz del día, las aguas ruidosas, blaquiazules, del Aragón, que abre y fija el valle de Canfranc y le da el esplendor turístico que hoy tiene. A la luz de las farolas ya encendidas volvemos al coche. No hemos visto todavía una casa encendida. ¿Estamos ante un pueblo fantasma? Seguro que no, aunque para nosotros sea también una parte de su belleza montarfaz. Castiello de Jaca tiene hoy 270 habitantes, en remontada tras el declive de los años setenta-noventa. La mayoría de sus residentes estará hoy seguramente en el Pirineo o en la cercana Jaca. Y ¿qué sabemos nosotros de las costumbres de sus paisanos?