Tras la visita del papa Francisco al palacio presidencial de Panama, el primer día de su estancia en la JMJ, donde pronunció un importante discurso a la clase política, se dirigió a la cercana iglesia de San Francisco de Asís, donde Bolívar convocó el Congreso de Panamá para crear una federación de Estados centroamericanos. Allí le esperaban casi un centenar de obispos de la zona, a los que les habló de la Iglesia que amaba el nuevo santo, por él canonizado, San Oscar Romero, llamado popularmente San Romero de América: Sin ese amor en sus entrañas, será muy difícil comprender su historia y su conversión, ya que fue este mismo amor el que le guió hasta la entrega martirial; ese amor que nace de acoger un don totalmente gratuito, que no nos pertenece y que nos libera de toda pretensión de creernos sus propietarios o los únicos intérpretes. No hemos inventado la Iglesia. Ella no nace con nosotros y seguirá sin nosotros.
Ni ideólogo ni ideológico, Monseñor Romero fue, según el papa, el pastor que, para buscar y encontrarse con el Señor, debe aprender y escuchar los latidos de su pueblo, percibir el olor de los hombres y mujeres de hoy hasta quedar impregnado de sus alegrías y esperanzas, de sus tristezas y angustias. (…) Una Iglesia altanera, una Iglesia llena de orgullo, una Iglesia autosuficiente no es la Iglesia de la kénosis de Cristo.