Leo una despedida al padre muerto de uno de sus hijos, Alfonso J. Ussía, impecablemente literaria, y me detengo en uno de sus párrafos: «Que la vida no es el final» está escrito en la morfina de una fe, que no encuentro por ningún lado. Claro que lo es. Siempre lo ha sido. La vida es una tragedia: todas terminan igual de mal.
El autor parece sincero: no encuentra la fe por ningún lado, y, además, la fe le parece una morfina, es decir, un alivio grande para una pena grande, un analgésico opioide. Como le parecía a Carlos Marx: el opio del pueblo, el opio de todos. No un veneno, no, sino un analgésico. Mucho menos, una nueva visión de la existencia, una luz de vida, una vida nueva regalada y eterna, compartida. Por eso la vida le parece una tragedia: algo sin salida, sin sentido. Es algo muy habitual.
Por eso prefiero el final de la primera línea del artículo, donde el hijo de Alfonso Ussía escribe: Ya no te veré más hasta que se muera la muerte, si es que se muere alguna vez. Esto, además de bello, parece una exclamación, una jaculatoria de un agnóstico, y no de un ateo convencido de que la muerte no es es final, o de que la fe es solo una morfina.