La elegía de Liliana, junto a su hermano en el atril y la rosa blanca, ha dado la vuelta al mundo. Pocas veces una tragedia queda adscrita a un texto, a un poema, a una música, como esta vez a la elegía, en prosa y en verso, recitada, no leída, con toda la emoción y, a la vez, con toda la serenidad del mundo, por esta joven, que tiene el valor de decir que es el único funeral que cabía en esta despedida; que da la gracias a todos de modo admirable, incluso a los que han ido allá por agenda; que recuerda a su madre y recuerda al mismo tiempo con el mismo amor a todos los que murieron en la tragedia, no solo a los 45 del tren; que define como nadie el duelo verdadero: Si no puedes curar, alivia. Si no puedes aliviar, consuela. Si no puedes consolar, acompaña.
Para siempre recordaremos ese punto álgido de su bella oratoria: Solo la verdad nos ayudará a cerrar este herida, que nunca cerraremos (…), pero lo haremos desde la serenidad, desde el amor, desde la paz.
Y después esos hermosos versos en asonante, que no los ha hecho un cualquiera, dirigidos a Dios y a todas las advocaciones marianas de la zona, que en la transcripción del texto han quedado diluidos por la prosa gráfica:
Que el amor y la verdad / los cobije para siempre / y en el abrazo de Dios / la vida venza a la muerte.
Madre del Amor Hermoso / Reina de la Victoria / Dolores del negro luto / concédeles Tú la gloria.
Haz que cese este dolor / Virgen Morena del Carmen / llévate esta cruel espada / con la espuma de los mares.