La conocí hace años, pero, recorriéndola sin guía alguna, saqué la impresión poderosa de una ciudad celtíbera, la Petra de España, la mayor vista hasta entonces. Hoy, después de muchos años, con muchas e inteligentes excavaciones de por medio, y en una visita de cassi tres horas, con un excelente arqueólogo como guía, casi puedo decir que la he visto por primera vez. A 1.200 metros de altitud, en los límites de la cabecera del valle de Duero en la meseta superior y el valle del Tajo, en el municipio de Montejo de Tiermes, provincia de Soria, guarda huellas del neolítico y estuvo habitada en la Edad de Bronce y en las dos etapas de la del Hierro. Fue después un oppidum, o ciudad fortificada de los celtíberos, aliada con la más o menos vecina Numancia, caida trágicamente en poder de los romanos el año 133 a.C. Termes resistió hasta el 98 a. C., cuando la asaltó el ejército de Tito Didio. Tras, adherirse a Sertorio en las guerras que llevan su nombre, se convirtió en un municipium romanum, adscrito al Conventus Cluniacensis (Clunia), llegando a su esplendor en tiempos de Tiberio. La mayor sorpresa de la visita es que lo que vemos y admiramos es casi en su totalidad una ciudad romana, montada sobre una parte de la ciudad celtíbera, cuyos pobladores, todavía vivos, fueron obligados a bajar hasta la parte más llana. Lo que permanece más en pie son los roquedos de piedra arenisca y rojiza, que forman los límtes del oppidum y los fundamentos de las numerosas viviendas colectivas (insulae o bloques de hasta seis pisos) y privadas, muchas talladas en la misma roca. Recorremos pausadamente, las cabezas protegidas del sol todavía canicular, las grandes Termas del Sur, que levantan uno de los pocos testigos edilicios; el Graderío rupestre, ya en tierra llana, para la compra y venta del ganado, lanar mayormente, máxima riqueza de la zona: las muchas viviendas cavadas en la piedra arenisca; la muralla defensiva del Bajo Imperio, cuando llega la primera crisis del mundo romano; el fascinante laberinto del acueducto múltiple, tallado profundamente en la roca, que traía las aguas del río Pedro, a 3´6 del lugar. Subimos y entramos por la Puerta del Oeste a la parte alta del cerro, el primitivo poblado, y bajamos hasta la parte central del mismo y núcleo de la posterior ciudad romana, con la cámara del agua, la cávea del teatro o la llamada Casa del Acueducto, la casa mejor excavada, hasta con dos impluvios. Y luego, hacia la parte oriental, el majestuoso Foro Flavio, y el menor Foro Julio Claudio… Con abandonos e intermitencias, el poblado subsistió hasta el siglo XVi. El Foro mayor sirivió también como cementerio visigodo, y el conjunto para los diversos poblamientos durante esos nueve siglos tras el final del Imperio. Resto de la edad media (siglo XII) es la iglesia románica, sita junto a un desaparecido monasterio, hoy ermita devocional de Santa María de Tiermes, con unos bellísimos capiteles en el pórtico.
No hemos podido ver, por incompatibilidad de horarios, el Museo, que hubiera sido el mejor complemento de la visita. Pero hemos podido gustar en la cercana, acogedora, bulliciosa y refrescante Venta de Tiermes el cordero lechal de la zona y todo lo que hace feliz culinariamente a unos locos aficionados a la Protohistoria hispana tras casi tres horas de áspero recorrido, de ascensos y descensos, por una ciudad celtíbero-romana, bajo el mismo sol que la alumbró en los días ardientes del comienzo del otoño.