La ausencia de personas queridas

 

   En un ensayo del teólogo vizcaíno Jesús Martínez Gordo, Dios sin carne frente al Hombre Dios, al hablar de la noche oscura, de la experiencia del vacío y de la tenebrosidad insalvable, encuentro citado un texto espléndido del pastor, teólogo y mártir luterano, Dietrich Bohoeffer, escrito en el campo de exterminio de Flossembürg, quince meses antes de ser ajusticiado, a su sobrina Renate Schleicher y a su marido Eberhard Betghe, que merece ser grabarlo en nuestra mente y corazón para siempre:  No hay nada que pueda sustituir la ausencia de una persona querida. Ni siquiera hemos de intentarlo. Hemos de soportar sencillamente la separación y resistir. Al principio eso parece muy duro, pero, al mismo tiempo, es un gran consuelo. Porque, al quedar el vacío sin llenar, nos sirve de nexo de unión. Es equivocado decir que Dios llena ese vacío. Dios no lo llena en modo alguno, sino que precisamente lo mantiene vacío, con lo cual nos ayuda a conservar -aunque sea con dolor- nuestra auténtica comunión. Por otra parte, cuanto más hermosos y ricos son los recuerdos, más dura resulta la separación. Pero la gratitud transforma el suplicio del recuerdo en una callada alegría. Uno no lleva en sí la belleza pasada como si fuera un aguijón, sino como un valioso regalo. No hemos de hurgar en los recuerdos y entregarnos a ellos, como tampoco miramos continuamente un regalo valioso, sino sólo en ocasiones especiales, para guardarlo el resto del tiempo como un tesoro escondido de cuya posesión estamos seguros. Entonces emanan del pasado una alegría y una fuerza duradera. Además, los períodos de separación no constituyen un tiemnpo perdido y estéril para la vida común, o, en todo caso, no tienen por qué serlo, sino que en ellos puede formarse, a pesar de todos los problemas, una comunión sorprendentemente fuerte.