No ha dimitido el presidente del Gobierno, Rajoy, como muchos esperaban, pero sí, inesperadamente, el entrenador del Real Madrid, Zidane. Y en un primer momento, dado el poder del fútbol en este país, la dimisión del segundo ha superado, en sorpresa y en emoción social, la no dimisión del primero. En cuanto a la moción de censura, una vez llegados a este punto de la corrupción en el partido gobernante, el punto más sensible al electorado de entre todos los de la política nacional, la salida no podía ser otra. Podía haber sido diferente, por ejemplo, un acuerdo entre los cuatro partidos nacionales para convocar unas próximas elecciones generales -que era también mi opción principal y la de otros muchos-, pero esa breva, con los partidos nacionales (adjetivo rechazado por dos de ellos) que tenemos, nacidos de la tradición guerracivilista española, es imposible que caiga. Sólo los partidos nacionalistas vascos o catalanes tienen sentido (y votación) de nación, cuando llega el caso, y así lo demuestran a cada paso. Pero los partidos españoles (o , si se quiere, federales o estatales) son ante todo patriotas partidistas, y cuya primera patria, al menos, es el partido. Siendo las cosas así, y en ocasiones como ésta, el partido con más suerte, o con más adhesiones entre los nacionalistas, se la lleva. En la presente ocasión, al resistente y esforzado Pedro Sánchez le toca, por la gracia inmediata de una sentencia oportuna, desalojar de la presidencia del Gobierno a otro resistente y esforzado por excelencia en el otro lado, Mariano Rajoy, que se va tras regalarnos la última prueba de su excelente dialéctica parlamentaria. Pero a él, como a muchos predecesores -y no quiero llegar hasta Cicerón-, en ciertas desgraciadas circunstancias, no les basta con eso.