Tenemos la suerte de tener como Patrono de Navarra, en cuya fiesta celebramos la de nuestra Comunidad, a uno de los santos más universales y más ejemplares también. No sé si por haberle estudiado mejor o por haber recorrido las muchas tierras que él recorrió en su corta vida, su figura me parece gigantesca y hasta de una factura muy superior a la nuestra común. Ya desde su entrega total a Cristo en el París universitario, siguiendo a su maestro Ignacio de Loyola, otro santo inmenso, hasta su muerte en las costas de Sancián queriendo entrar en China, su consagración a su ideal cristiano fue total: nada ni nadie le detuvo ni le arredró, ni le distrajo siquera. Su fortaleza física y moral fue verdaderamente hercúlea. Sus innumerables viajes a pie o en medios siempre frágiles, incluidas las embarcaciones, en las más adversas circunstancias, con el riesgo frecuente de perder la vida, parecen propios de un relato de aventuras. sublimes. Su mínima manutención, su habitual estancia, desde muy joven, en hospitales y hospicios, donde se ganaban los primeros jesuitas la vida trabajando o pidiendo limosna a la intemperie, hacen de su vida un milagro continuo. No le vamos a pedir al Maestro Francisco la visión católica del Vaticano II en pleno siglo XVI español y portugués, pero él fue quien hizo posible con su heroica experiencia pre-ecuménica la plena asunción ecuménica del mundo oriental de sus sucesores, los Valignano o los Ricci. Él fue el Bautista de la India, Japón, Indonesia y China, que son hoy medio mundo. Su vida fue literalmente un evangelio, y su evangelio fue, literalmente de nuevo, una misión. permenente. Hasta su último y triste final (triste a la manera «del mundo»): Pídole mucho, por merced -le escribe desde la isla de Sancián, a su amigo mercader en Malaca, Diego Pereira, veinte días antes de su muerte- que trabaje cuanto pudiere, por escribirme a Siam; por cuanto, si no pasare a China, no dejaré por ninguna cosa de ir a Siam.Y plegue a Dios que tan bien me suceda este viaje, como espero, para que en la corte del rey de la China aguarde por v. m: porque, si a China voy, en uno de los dos lugares me parece que me ha de hallar: o estaré cautivo en el cepo de Cantón, o en Pequín, donde dicen que continuadamente está el rey.
