Tenemos la buena costumbre de subrayar, y más en estas fechas, los males del mundo por aquello de animar y animarnos a corregirlos y de evitar falsas y cómodas complacencias. Pero de vez en cuando conviene buscar una buena información e intentar dar con datos objetivos y verificables. Estas últimas semanas, tal vez para contrarrestar lo antes dicho, muy diversas publicaciones han ido dándonos datos e indicadores, que evidencian la mejoría de la población mundial en algunass esferas concretas de la vida diaria. Por ejemplo, la de la pobreza extrema: frente al 43% que la sufría en 1980, hoy nos dice el Banco Mundial que se ha reducido al 9´6% de la gente. Según la FAO, frente al 21% de desnutrición en aquella misma fecha, hoy ha descendido el porcentaje al 11´3%. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) comunica que desde el año 1990 alrededor de 2.000 millones de personas han accedido al agua potable protegida de la contaminación externa o a saneamientos mejorados para la recogida de aguas residuales. Como consecuencia de todo ello, la esperanza de vida ha pasado en todo el mundo de 61 años en 1980 a 71 en la actualidad (en Asia, de 60 a 71 y en África, de 50 a 59), reduciéndose a más de la mitad la mortalidad de las madres y de los niños. En lo que hace a la educación, las fuentes informativas de la UNESCO nos hacen saber que la tasa de alfabetización global ha aumentado desde el 69% de la población con más de 15 años en 1980 al 85% actual, disminuyendo al mismo tiempo en un tercio el trabajo infantil, hasta el punto de que menos del 15% de los menores de edad se encuentran hoy en lugares de trabajo y no en las escuelas .Claro que las cifras negativas son aterradoras en esos mismos campos y en otros. Pero no se pueden velar las decisivas mejoras en muchos ámbitos, y menos ocultar los frutos de los que más trabajan en todo el mundo precisamente para mejorarlo.