Recuerda José María Iribarren en su curiosísimo libro De Pascuas a Ramos la antigua representación en Pitillas del prendimiento de Jesús en Getsemaní, que tenía lugar en un olivar del pueblo, al que acudían a prenderle una turba pueblerina armada de palos, hoces, azadas, guadañas y horcas. Y cuenta que Ignacio Baleztena había escrito algo parecido de un pueblo de la Ribera, que él suponía fuera Andosilla, donde hoy se se representa en Viernes Santo la mejor Pasión viviente de Navarra, a imitación de la soberbia representación del Jueves Santo en la vecina Calahorra.
Salía de la cárcel del pueblo un pelotón armado de similar manera, encabezado por un jayán con barbas rojas de cola de yegua, e iban preguntando por el camino:
-¿Hais visto por un casual al Lanzareno?
-En el olivar del tío Barrunta, donde está con los apostóles.
Y allá que iban.
El que hacía de Cristo, preguntaba humilde:
-¿A quién buscáis?
– Al Lanzareno.
-Yo soy.
¿Sois vos el Mésias?
-El mesmo.
-Pues, dasus preso.
Conmueve la ruda y sencilla fe de todas estas tradiciones, nacidas de un pueblo ignorante y devoto, harto de no entender la fría, pesada e ininteligible liturgia eclesial (toda en latín), que fue creando estas ingeniosas celebraciones más cercanas a la historia real de Jesús de Nazaret. Así nació el primer teatro europeo y español. Así nuestras venerables procesiones, que algunos quisieran eliminar o «democratizar», seguramente que profanándolas, como ya lo han hecbo o intentado hacer en varios sitios.