Veo -y no sé de seguro que vuelvo a verla- la primera película sonora de Charles Chaplin,(1940), de la que fue guionista, director y actor principal.
¿Qué voy a decir yo de esta película que no esté dicho y redicho? Digo mi fruición, mi admiración, mi asombro, desde la primera secuencia a la última, especialmente ese discurso, como el dictador Adenoi Hynkel, de Tomania, en alemán macarrónico, un prodigio de oratoria y de gesticulación, como no hay otra en la historia del cine. Elijo también, entre los muchos aciertos de su rivalidad con el dictador amigo, el ya clásico de la ascensión de ambos en la barbería, y sobre todo, claro, el discurso final, en el que el barbero judío del Gueto (Hojita), que es una de las personalidades cinematográficas del actor, se ve obligado a hacer el discurso de su vida, en la ocupada Austerlich, interpretando no ya al dictador Hynkel, su segunda personalidad cinética, sino al barbero judío convertido en jefe supremo del Reich, que predica la democracia, la fraternidad y la paz. Hasta llegar al final lírico y romántico:
–¡Mira a lo alto, Hannah, al alma del hombre le han saldo alas, y a fin está empezando a volar hacia el arco iris…
La verdad que sería incapaz de hacer este apunte a estas alturas, si no hubiera tenido durante toda la película en la cabeza a un Trump, mucho menos dotado que Hynkel, y a su amigo Putin, descolorido frente a Bezino Napaloni, el otro dictador de Bacteria, de visita al alemán… Pero he soñado con otro gran discurso, ¡-aunque en oratoria estamos lejos de alcanzar a los oradores del sigo XX!-, de algún barbero humanista, confundido siquiera con algún dictador, que vuelva a decir al mundo lo que nos dijo Chaplin en su discurso final.