El discurso del candidato Pedro Sánchez ha sido un discurso redactado para la ocasión. No ha sido ni el discurso de un estadista, ni siquiera el de un gobernante, ni el de un orador mitinero de partido, ni el de un conferenciante académico… No. Ha sido un discurso-río ocasional, discurso apologético, sin una pizca de autocrítica, omnitemático, vastamente pretencioso, abstracto e inconcreto cuando quería (hasta omitir varios extremos del pacto escrito), pegadizo y demagógico cuando le interesaba. Recitado (demasiado leído y rápido) con tono claro y vigoroso y moderada y bien templada gesticulación, respetuoso aunque desdeñoso con el adversario de la derecha e intentando ser tentador con el de la izquierda. La debilidad mayor es el intento de cuadrar el círculo o circular el cuadrado del actual Congreso de los Diputados, queriendo conjuntar el cambio (57 veces mencionado) con el acuerdo (palabra que le sigue en menciones), pero sólo con los que entienden el cambio como él desea. Y allí donde abundan hasta el hastío las palabras diálogo, negociación, reformas comunes, pactos, consensos, convenios, leyes mayoritarias…, resulta que todo eso tiene como objetivo, inmediato además, desmontar todo lo montado por el Partido Popular -el diablo político del candidato-, encarnado en Mariano Rajoy, el vencedor relativo en las últimas elecciones y el malo de la esplendorosa historia democrática de estos cuarenta últimos años, cuyos votos son, ay, necesarios para la inmensa mayoría de esas reformas comunes, de esos pactos, convenios, consensos y leyes mayoritarias…. Pero, al menos, Pedro Sánchez ha ganado su secretaría general y su candidatura socialista, que no es poco, ha irrumpido en la historia política española de primer nivel, y es el único que ha jugado a los dados… hasta las próximas elecciones.