Desde que muriera en 2006, Carlo Acutis impresiona al mundo. Tenia solo 15 años, pero no perdió un segundo de su existencia. El día de su funeral, aparecieron en la iglesia decenas de personas necesitadas, a las que ayudaba sin hacer alarde alguno: les regalaba sacos de dormir y, sobre todo, su compañía. Un siglo antes, otro joven, algo mayor que él, Pier Giorgio Frassati, hacia lo mismo en Turín. En una de sus visitas a enfermos pobres, contrajo una polio que derivó en una meningitis fulminante. Sus padres, de clase acomodada, creía que gastaba su dinero en lujos, cuando lo repartía entre los más miserables. Murió a los 24 años.
Su testimonio de santidad y juventud sedujo a cientos de miles de jóvenes antes de su canonización. Pero la fiesta en Roma de su ascenso a los altares fue más joven y bulliciosa que nunca. Nunca dos santos tuvieron tantos likes.
Santos jóvenes de nuestro tiempo, con polo y mochila, chándal y zapatillas, y hasta con móvil, enamorados de Dios y servidores de sus hermanos los hombres, que muchos, tan lejos de la pureza y generosidad de sus vida, no podrán entenderlos nunca mientras no cambien las propias.