Despedida del otoño

 

        Ultima semana de noviembre. Lluvioso como nunca, desde que tenemos constancia técnica de las lluvias en noviembre. Pero esta  tarde no llueve en Barañain. Nos tomamos un café descafeinado en aquel terreno lejano que yo veía desde las ventanas traseras de mi casa, del piso 13º, en los años setenta. Hace fresco, no frío, en el parque, y nos acompaña una ventolina, no ventolera,  alegre, complaciente. Un vientecillo templado de los que invitan a pasear.

El lago refleja las luces de la noche celeste y de algunas de la terrestre, que aún nos dejan ver el color de los arces plateados y de las hojas, entre verdes y amarillas, de las moreras, a las que el agua cercana mantiene todavía casi veraniegas. Se ven pocas ventanas  iluminadas en las casitas ajardinadas que nos rodean.

Al volver, pasamos por una placita muy iluminada por las farolas, llena de moreras que, al no tener los pies en el agua como las otras, tienen sus anchas hojas  amarillas del todo, de color limón intenso, y muchas brillan sobre la hierba, ya invisible, tras las últimas lluvias y las últimas ventadas.

El suelo está todo blando de hojas, formando  un suelo-espejo otoñal. Y el vientecilo de esta tarde-noche prosigue su tarea de desnudar el bello y monocolor bosquecillo. No quedamos mirando un rato, poque es como si celebráramos en silencio la despedida del otoño en una esquina abrigada del parque de Barañain, con una lenta música de adiós. Cada ventada suave arranca centenares de hojas que, con mayor o menor donaire, dan unas vueltas en lo alto y se dejan caer levemente sobre la seroja- Y luego otra y otra. Y las hojas se van yendo, van volando por aqui y por allí, y nos parece que nos despidieran silenciosas, afectuosas, nostálgicas casi, hasta el año que viene. Porque los árboles siguen, las moreras se pondrán verdes de nuevo y se morarán las moras verdes, y vendrá otro otoño y otras ventolinas o ventoleras. Y se irán, volarán, nos despedirán otras hojas, parecidas a éstas. Otras, otras…