(Sobre el salmo 63)
Desde el confín de la tierra
te grito ahora, Señor,
apenas ya sin fuerzas
por la falta de costumbre,
con mi fe desmayada
y ya tibio el corazón.
Pero sé que Tú eres
el sentido de mi vida,
el refugio de mis horas extraviadas.
Hospédame en tu tienda.
O despliega sobre mí
tus alas protectoras.
Oh, Dios lejano,
al que quiero acercarme.