Primer domingo de Adviento

 

(Sobre el salmo 63)

Desde el confín de la tierra
te grito ahora, Señor,
apenas ya sin fuerzas
por la falta de costumbre,
con mi fe desmayada
y ya tibio el corazón.

Pero sé que Tú eres
el sentido de mi vida,
el refugio de mis horas extraviadas.
Hospédame en tu tienda.
O despliega sobre mí
tus alas protectoras.

Oh, Dios lejano,
al que quiero acercarme.