Despedida del otoño

 

         Fuimos buscando el otoño desde los últimos días de octubre y primeros de noviembre. Y nada. Por el Baztán. Por Urbasa. Por el Abodi. Por Quinto Real. Por Urkiaga.  Nada. El verano proseguía, unilateral y máximo. Ni llovía, ni hacía frío como para acabar con la clorofila, ni el viento era demasiado recio para arrancar las hojas de los árboles.

Solo al final de noviembre llegó un poco de frío y una poco de lluvia y el otoño se dejó ver. Una tarde, fuimos de Egozkue a Iragi, pasando por el Alto del primer pueblo y vimos por fin la escala de colores por la que pasa el hayedo, cuando comienza, continúa y termina su otoñada, que tantos años hemos visto en sus más extensos dominios del norte de Navarra. Hasta que, una tarde, paseando por los alrededores de Pamplona, reparamos en que el otoño más variopinto lo tenemos cerca de nosotros: en el Parque de Barañain, en los arboretos de la UPNA y de la Universidad de Navarra, en el Parque del Mundo, en el Paseo Fluvial del Arga, en el Parque de Berriozar, en el Parque de la Vaguada, en los glacis de la Vuelta del Castillo…

Desde mi misma ventana septentrional, y entre los pasillos por donde voy y vengo, más aca de los sempervirentes pinos, abetos y cedros, y de los almeces que disimulan su caducidad, veo el intenso otoño amarillo de los tilos y de los carpes, de la familia betulácea pero con hojas parecidas a las de los olmos, junto al verdi-amarillo desvaído de los fresnos; y, junto a los gigantescos, verdialbinos, álamos, sostenedores de nidos de picazas, el ocre-dorado otoño de sus pares, gigantescos plátanos, también habitat preferido de las monjas, que en sus ramas más otoñadas compiten con el color carne oscura  de los castaños de Indias que los contornean, propicios para las piernas cansadas. Al otro lado de la carretera, para que el contraste sea mayor, los tradicionales árboles que ornamentan nuestros fríos bloques modernos: los tejos recortados e impávidos con sus verdes imperturbables; los  ciruelos japoneses o pisardis, en su variedad atropurpúrea; las magnolias grandifloras, de verdes lustrosos, y unos jóvenes cerezos, con su última sonrisa sonrosada.

Teníamos el otoño tan cerca, y lo fuimos a buscar.