Del Yugo de Arguedas a Carcastillo

 

          Hacía tiempo que no subíamos al Yugo, a la Sierra del Yugo -por la forma de la misma-, donde se planta el santuario de la Virgen del mismo nombre, a donde acuden, el lunes de Pascua, los devotos de Arguedas y Cadreita, y el 1 de mayo, los de Valtierra, que no tienen reparo, siendo muchos más en número, en peregrinar al santuario del pueblo rival por definición. El templo, gotico renacentista, donde pusieron sus manos, al comienzo y finales del siglo XVII, respectivamente, los arquitectos Pedro de Arrese, vitoriano, y el corellano Pedro de Aguirre, está donde estaba: enhiesto, bien contrafortificado, ladrillo sobre base de piedra, que hace pensar en una construcción anterior, portada solemne rematada en espadaña y nave de bóvedas estrelladas. Desde el vestíbulo interior y desde la distancia a que nos obliga la puerta de barrotes, vemos el esplendente retablo barroco, en cuyo centro se yergue con su Hijo en la mano izquierda, la Virgen Madre, gótica de la segunda mitad del XV, estropeada, según dicen, por un arreglo reciente. En la pared exterior septentrional, siguen los grajos anidando en los huecos que dejaron los maderos de los andamios, y se alborotan cuando pasamos -es temporada de cría-, para volver pronto a los pinos cercanos. Todo esto lo recordábamos, mejor o peor, y también el rumor de multitud festival de las peregrinaciones. Pero no conocíamos el bello parque levantado al sureste del santuario, una extensa explanada,  cercada y alegrada de árboles -pinos y acacias sobre todo-, plantas y flores. Y  con todo un puñado de servicios: albergue, bar-restaurante, servicios higiénicos, caseta de barbacoas, un mirador de madera sobre las Bardenas, parque infantil, aparcamientos, bancos en el llano y en el pinar de la pendiente… Es sábado de mayo y hay mucha gente en el restaurante del albergue y en la terraza del mismo; varias parejas con niños se divierten en los columpios, y pasan varios jóvenes con bicis. Buscamos a la hora de yantar la sombra de los pinos y el sol de la explanada. Después enfilamos el camino que sigue por la cima hacia el noroeste, para caracolear luego hacia la hondonada de las Bardenas. Continuamos  por el somontano bardenero de la Sierra del Yugo, entre campos de cereal, olivos y almendros, hasta llegar, tras varias vueltas y revueltas, al carretil que, pasando junto al Centro Informativo y al Observatorio,  se mete en Aguilares y llega hasta las bardas del Campo de Tiro de la Fuerza Aérea española. Desde allí, tomamos el camino de tierra apisonada, bien señalado, rumbo a Cascastillo, y recorremos la parte mejor de la Bardena Blanca. Casi todos los barrancos, tan peligrosos en los días de tormenta, llevan hoy agua de la lluvia de la tarde anterior. Y vemos varias balsas azules entre cañas. Todavía cuelgan las últimas flores en las matas de los espartales. Los alcaceres, que no tienen su mejor año, están entre verdes y amarillos, a veces parecen blanquecinos a la luz restallante de mayo, mientras los trigales todavía ondean verdes cuando los briza el fresco cierzo de la tarde. Nos detenemos, como otra mucha gente, casi todos buscando la foto, ante el perenne hechizo de la torrecilla insegura de Castiltierra, débil atlante con su imposible peso de castigo a la cabeza, casi un número de primitivo deporte rural. ¿Cuánto tiempo más durará? El sol saca todas las vetas de colores de las arcillas y de las calizas de los cabezos y los cerros testigos, que parecen pintados a franjas por Ibarrola. A ratos, bonsais de montañas gigantescas. con pintorescas quebradas, en desiertos misteriosos o en pasajes lunares, como se llama uno de los términos por donde vamos. De vez en cuando, un corral bien arreado. Hay corros de salitre, que parecen nevados, pero los ontinares, sisallares y espartales dominantes nos sacan pronto del espejismo. Todavía vemos El Plano lejos, y más lejos aún Cornialto. Todo parece lejano en las Bardenas.  Uno de los cortados horizontales nos evoca  un acordeón con sus  pliegues ocres y anaranjados al sol. Lo perdemos pronto de vista, pero lo confundimos con otro, tan parecido. Seguimos rodeando, a nuestra derecha, el vedado Campo militar. Pero cada vez los bonsais son más reducidos y los cerros testigos ya casi no testifican nada. Los hay con el techo entero derrumbado. Lo que un día fue un airoso cerro es ahora un montón de escombros. La llamamos Bardena vieja, como si fuera anterior al resto. Por fin, Cornialto está cerca. Por fin cortamos  la Acequia de Navarra, que con agua del pantano de Yesa, y nacida  del Canal de Pardina, va a desaguar al embalse del Ferial. Por fin vemos el hierático monumento al Pastor, y pasamos El Paso. Por fin, por la carretera de Sádaba, entre tierras mucho más feraces y primaverales, donde relumbran las flores níveas de las acacias, llegamos a  Carcastillo.