De un diario inédito de guerra (VI)

 

30 de agosto de 1936

               Hoy, a las once de la noche, han fusilado a los XX, padre e hijo, a XX y a XX (…). Ha presenciado el fusilamiento XX,  y su hermano XX me cuenta algunos detalles. El  hijo  de XX (compañero mio de Bachiller, algo más joven que yo) ha muerto como un cristiano y como un hombre. Arrepentido de sus errores, se ha confesado muy bien y ha dado la mano antes de morir a todos los presentes, incluso a los del pelotón que los ha fusilado, a quienes ha rogado que afinaran la puntería para evitarle sufrimientos. XX  y el otro, cuyo nombre no recuerdo, también han muerto muy bien, como cristianos. 

Los otros dos, que temblaban como solo los condenados a muerte pueden hacerlo, no han querido confesarse. XX ha sacado la impresión de que no lo han hecho, el uno por el otro. El padre, por no retractarse ante el hijo de las ideas en que lo ha educado, y el hijo por no desmerecer del padre. ¡Desgraciados! ¡Descansen todos en paz!

La responsabilidad de estos (aqui el apellido del padre y del hijo) es grande ante Dios. Han sido en este pueblo -donde no había izquierdistas- los sembradores del error. ¡Dios los haya perdonado!