De mi Archivo adolescente (XIV)

 

                           Desde  Uztárroz, su pueblo natal, donde su padre era secretario del ayuntamiento, me escribe a Mañeru, el 12 de septiembre de 1957, mi amigo Eduardo García Armendáriz, de un curso superior al mío en la facultad de teología de Comillas.  Me supone calmado tras la victoria conseguida en el trance que me deparó la Providencia. Y, muy providencial él, añade: El Señor sin duda ninguna ha permitido la prueba y te ha dado gracias para superarla. Nos hace falta siempre y sobre todo en estos casos mucha fe para ver la mano de Dios en tanto absurdo y equivocación de los hombres. ¡Somos tan chiquillos y hacemos tantas chiquilladas!

Me dice que tiene ganas de hablar con el P. Prefecto de la virtud de la sinceridad, que a él tanto le gusta. Cree que los superiores habrán obrado con recta intención, pero está tan claramente manifiesta la ligereza de su conducta, que duele mucho cuando se tiene que soportar en nuestras propias almas sus consecuencias. En fin, si es verdad que todo es gracia, la postura más cristianas es bendecir al Señor que, a pesar de todo, es tan bueno con nosotros.

No sabe todavía si he descartado la posibilidad de Salamanca y piensa que la causa de esta prueba ha sido mi excesiva buena voluntad y buenísimo corazón, o mi buenísima voluntad no controlada en algunas ocasiones. Me pregunta por mi madre y me dice que todo lo ocurrido es la mejor preparación para ese Sacerdocio que tú sueñas, con ansia de redimir a la clase obrera. Dolor y pobreza son los mejores medios, con la gracia del Señor, para redimir a esos hombres que saben tanto de lo que es sufrir y padecer … (aquí, una palabra ilegible). 

Y me despide con un abrazo en Xto, deseándome que el Señor aumente mis ideales de entrega a los pobres y que me ayude a sufrir con alegría.