El mundo autónomo creado por Dios, con sus leyes implacables, como finito y limitado que es, contiene millones de maravillas, pero también unos cuantos males, unos físicos (como incendios por rayos, muertes por rayo, huracanes, terremotos, inundaciones…) y otros morales, consecuencia de la libertad del hombre.
Los males físicos, llamados catástrofes son los más difíciles de explicar, y aun de admitir dentro de la misteriosa creación divina. Hay otras catástrofes, como esta que acabamos de sufrir en el choque de trenes en Andalucía, que pueden parecer males mixtos, que repartir entre sucesos naturales (cansancio de materiales, etc.) y descuidos o negligencias de seres humanos.
De todos modos, cuando ocurre algo parecido y se pierden vidas humanas, lo primero de todo es preocuparnos por las víctimas y sus entornos, como nos han enseñado los ejemplares habitantes de Adamuz, y no profanar esa primacía con discursos ajenos y menos con argumentos interesados, jugando, quieras que no, con la muerte de los fallecidos. Estamos tan acostumbrados a la falsa y retorcida actitud de ciertos políticos, desde los años de plomo del terrorismo etarra hasta los casos recientes del COVID-19, los incendios en Castilla y León, o de la Dana de Valencia, que en cualquier nueva catástrofe nos tememos lo peor precisamente de aquellos que debieran tener como objetivo principal el respeto de las víctimas y un cierto luto en el pensamiento, en las palabras y en la obras, mientras los técnicos de cada sector hacen su trabajo, se informan las fuentes correspondientes y llegan a donde tienen que llegar los datos objetivos y suficientes. Labor ulterior de todos será después el estudio de esos datos, y el curso jurídico-político que hay que abrir para confirmar la verdad de los hechos y hacer la justicia necesaria donde sea el caso.
Pero nunca se deberá olvidar la pérdida de vidas humanas, que deberá ser el quicio y el criterio para todo lo que se haga después, comenzando por la reparación de los daños personales, la corrección de defectos o negligencias donde los hubiere o el castigo de los culpables en el peor de los casos, sin extrapolar las cosas, sin demonizar a las personas, sin extremar la culpabilidad de nadie por su color político o social.
Sé que es sermón en desierto. Porque a quien haya dividido el mundo en dos, a quien solo vea el mundo repartido entre amigos y enemigos, a quien vea solo la vida en color blanco o negro, se le hace casi imposible cualquier serenidad, cualquier equilibrio, cualquier mesura. Y, lo que es peor, cualquier respeto a alguien que no esté en su anillo sectario.