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De Artariain a Santa Cecilia

 

            Está la tarde algo triste, las nubes vienen y van, y podría llover dentro de unas horas. Pasando por el Cristo de Catalain, siempre digno de contemplación, nos acercamos primeramente al concejo de Artariain, en plena Valdorba -tantas veces descrita-, dentro del ayuntamiento de Leoz, donde había estado Paulita, la semana pasada,  con sus compañeros senderistas. Artariain, propiedad en aquellos tiempos -¿una villa?- de un señor romano llamado Arturus, o algo parecido, ha doblado casi sus habitantes en estas últimas décadas y es un pueblecito antiguo preciosamente renovado e ilustrado, a orillas del río Cemborain, lleno de árboles, plantas y flores, donde hasta el último rincón es bello o, al menos, adecentado. Se recoge en torno a la iglesia protogótica (1200) de San Juan Bautista, con una portada renacentista, a la que corresponde, a la entrada del lugar, la ermita gótica de Santa Lucía. Las humildes y coquetas caléndulas nos acompañan durante todo nuestro recorrido.

Y de allí volvemos a Garinoain, y, pasando el río Cidacos y las vías del tren, retornamos a Santa Cecilia, no solo a la ermita, a la que, por la falta de la romería anual, debido a  la pandemia, le han crecido los zarzales a la entrada, sino al castro celtibérico que fue  todo el mogote muchos siglos antes. Fue uno de los primeros cerros amesetados que se me antojaron, al verlo, un poblado prerromano. Conserva todavía hoy en su figura ovalada los claros y numerosos restos de muralla de piedra arenisca en paramentos de sillarejo colocados a seco. Tras admirar el bello espectáculo de campo de colza que ocupa el flanco occidental del castro y oler su intenso perfume, recorremos hoy tranquilamente todo su perímetro. El sector septentrional del mismo, limitado hoy por una pieza de cereal, está defendido por un foso profundo que mantiene su elevada contraescarpa. En el ángulo noreste hay un segundo foso paralelo, que hace juego con el anterior. Los robles ocupan buena parte del espacio dotándole de una grande y ruda belleza. Otra gran pieza de cereal, no cultivada este año, ocupa todo el sector meridional, donde pudo extenderse el castro, pero en el talud debajo del camino actual, que lleva a la explanada, hay poderosos derrubios de muralla,  y estructuras de habitación, con pequeños muros de sillarejo y niveles celtibéricos, destruidos por incendio. Con cuyas piedras los romeros de Garinoain han hecho durante siglos, en la parte baja, bancos y hogales de piedra para el día de la romería. Lo mismo que en el lado septentrional. La entrada al reciinto debió de estar, tras un recorrido helicoidal desde el norte, en el ángulo suroeste, donde, a la vera del camino actual, resiste un lienzo de muralla auténtico con grandes careados de arenisca de más de un metro de largo, que pudo ser una obra defensiva avanzada a modo de torre  o módulo de entrada.

En la mesetilla y en sus alrededores se localizaron cerámicas manaufacturadas, celtibéricas sobre todo, en un contexto de incendio; también piezas fragmentarias de molinos de mano.

¿De dónde tomaban el agua estos pobladores de la Edad del Hierro Antiguo-Final? El Cidacos no está muy lejos, pero más cerca está el arroyo Arambero, a menos de 500 metros al suroeste, y en su entorno nacen algunas fuentes en el termino llamado Monte Viejo. El castro debió de ser destruido, por las muestras de incendio, a final del del primer milenio a. C. ¿Un rayo? ¿Los romanos? ¿Otros celtíberos? ¿Los de Oiamburu, los de Murugain?

Los cinco cil y pico metros cuadrados de superficie fueron durante siglos tierra de labor; en los penúltimos tiempos para el cultivo de bisaltos, pero últimamente se plantaron por toda la planicie del viejo poblado diversos árboles ornamentales, que no han dado resultado, fuera de dos o tres serbales. Solo los recios y tercos robles ornamentan los flancos norte y este del cerro testigo.

Y en esto que comienzan a caer unos goterones que nos hace refugiarnos en el coche. Llueve intensamente durante un buen rato, con algunas rachas de granizo. Lo que nos impide continuar la ruta hasta el vecino Oiamburu, al que buscamos un día en balde y ya tenemos identificado. Pasa corriendo  junto al coche  una oveja, que parece solitaria.

¿Cuándo se decidirá la autoridad competente a colocar un panel informativo, junto a la ermita, resumiendo los datos comprobados de este bello e importante castro celtibero?

El diálogo entre Cipriano Mera y Julián G. del Castillo

 

              Una mano amiga me hace llegar el prólogo del militante obrero cristiano, Julián Gómez del Castillo, entonces máximo responsable de la editorial ZYX, a la biografía de Cipriano Mera, líder de la CNT anarcosindicalista, que había dirigido un cuerpo del ejército republicano en las batallas de Guadalajara y de Madrid, y que, junto  al coronel Segismundo Casado, Julián Besteiro y otros (Junta de Defensa), habian dado un golpe de mano contra el alto mando del ejército de la República, para no prolongar inútilmente la guerra y evitar la destrucción total de Madrid. La biografía de Mera estaba escrita por Javier Marijuán y Ana Cuevas, y editada en 1994.

En ese prólogo nos cuenta Julián que en 1969, junto a otro compañero y colaborador, visitó en Paris a Cipriano Mera, con el objetivo de conseguir editar su Diario de Campaña en la editorial que dirigía. Mera tenía un gran aprecio por la misma, pues había publicado varias e importantes obras de autores anaquistas. El matrimonio Mera invitó a sus visitantes a un café. Estaba acompañado por dos jóvenes anarquistas, que no abrieron la boca en todo el tiempo. Dejando a un lado el tema del libro, la autogestión en España o el movimiento obrero en nuestro país, que fueron los otros grandes temas de la  conversación, el primero y principal fue el de la Iglesia. Un anarquista como él no podía entender, como casi todos los líderes del exilio, que militantes obreros cristianos se hubieran opuesto al fanquismo desde año 1943; que hubieran fundado la HOAC, o que hubieran organizado la editorial ZYX. Ni podía entender que fueran a misa -a esas misas que el cura se pone ropas raras-, o que sostuvieran la editorial más revolucionaria de España. 

¿Ustedes creen en Dios?, fue una de las preguntas del anarquista. Es la razón de ser de nuestra vida militante por un mundo sin opresores ni oprimidos, contestó Julián. Y enhebraron un largo diálogo sobre la explotación del hombre por el hombre en la sociedad imperialista salida de la II Guerra Mundial. Luego se centraron en la ciencia y la técnica, en la que hombres como Mera y Peirats, otro líder anarquista amigo de Julián, ponían la máxima esperanza, esperando que un día se rebelararan contra el imperialismo capitalista actual. No se pusieron de acuerdo en ese punto, aunque en otros sí.

Cuando Gómez del Castillo preguntó a Mera por la solidaridad de sus compañeros para con él, esta fue  su amarga respuesta: Espero morir pronto y que la tierra me dé el calor que me negaron mis mejores compañeros. A lo que replicó, emocionado, Julián:  Ese calor que esperas de la tierra yo le llamo Dios. Lo tendrás.  No se quedó Cipriano sin comentar: El Dios en quien tú crees, yo también creo.

Después de horas de conversación, Cipriano y Julián se abrazaron largamente y lloraron juntos.

–Con cristianos así, dijo el anarquista, la Guerra Civil no hubiera existido. LLévate mi Diario de Campaña.

 

Xavier Anton y Carmen en la residencia geriátrica

 

         Cada día, a eso de las 11 de la mañana, Xavier Anton, barcelonés de 90 años, se sienta en el taburete que le sacan los empleados de la residencia geriática, en la calle Ripollés, de Bacelona, y espera a que su mujer, Carmen, vuelva de desayunar a la sala de estar, cuyas ventanas dan a la calle. Entonces le pega con los nudillos en el cristal, le lanza besos, le hace carantoñas, le dice cosas bonitas o reza el Padrenuesto. El día de  Sant Jordi, naturalmente, le lleva una rosa.

Y así, día tras día, mes tras mes. Enferma de Alzeimer, cuando no pudo más y después de una caída grave, tuvo que llevarla a la residencia. Luego vino la pandemia y no pudo ir a visitarla. Ahora le permiten sacarla alguna vez a la semana con una acompañante. Pero todo le parece poco y por eso acude cada día a la cita amorosa, como cuando eran novios: él trompetista en una orquesta y ella, natural de Huesca, empleada en una pastelería. Él está contento porque una vez que Carmen le ve, cambia de cara y a veces le sonríe. Eso le basta para ser feliz: Eso no lo ha perdido, dice, y lo que él no quiere es perderla del todo. El amor, que se vacía y comunica, que distingue y unifica, que es uno y plural, hace estas cosas, estas maravillas.

Xavier Anton y Carmen ya han salido en muchos periódicos, hasta norteamericanos, y en muchas televisiones. Le han dicho a Xavier que es ya viral,  y a él eso le hace gracia y hasta se alegra, porque en el fondo lo que èl  quiere que se hable de su mujer, que siga viva, con Alzheimer y todo, en boca  y mente de muchos.

Estoy seguro de que, sin periódicos y televisiones, hay en el mundo muchos Xavier Anton y Carmen, que nos enseñan con pruebas irrefutables que el amor es capaz de todo eso y más. Para empezar, de ir cada día a la calle Ripollés y esperar en un taburete a que aparezca junto a los cristales una mujer con Alzheimer, a la que llaman Carmen.

La aparición a la Comunidad

Lc 24, 36-49

 

Lucas no conoce una experiencia pascual
solo de los Once,
sino toda una aparición fundante
a los Once  y a todos los demás,
a los Once y a todos los que estaban con ellos:
las mujeres galileas, los parientes y la madre de Jesús.

Y lo cuenta a la manera como ha contado
la historia de los dos fugitivos, una página antes.
Jesús vino al encuentro
de aquella incipiente Iglesia cristiana

y se dejó ver tan vivo como era
después de su muerte y su resurrección.
Les trajo a todos la paz,
aquella paz con la que tantas veces les había saludado,
liberándolos de dudas y de miedos.
No, no es un fantasma,
como muchos les dirán que es lo que han visto:
Es el mismo Jesús de Galilea,
el de los pies y las manos clavados en la cruz.
El mismo que comía con ellos el pan y el pez asado.

Y todos ellos volvían de continuo
a Moisés, los profetas y los salmos,
y, con la mente despierta,
igual que los dos fugitivos de Emaús,
revivían lo que el Maestro les había dicho tantas veces:
que el Ungido de Dios debía padecer
para luego despertar de entre los muertos.
Y que ese mensaje decisivo
debía ser proclamado a todas las naciones de la tierra
para el perdón, la conversión y la alegría de los hombres,
por medio del Espíritu Santo prometido.

 

«No siempre está a la altura»

 

        En el editorial de mañana de EL País, titulado Recoser un país abierto en canal, los editorialistas nos dicen  que la política española está envenenada y que la situación es grave. Y, después de dar mandobles a diestro y siniestro, especialmente contundentes a VOX y al PP, bien que asignando a PODEMOS -al que jamás llama ultraizquierdista- una idea radical de justicia social, cuando llega el turno del PSOE, le da esta palmadita de amigo y compinche:

El PSOE, por su parte, como fuerza central de gobierno, debería atenerse a un estándar de madurez impecable, y no siempre está a la altura.

«Ciudadanos» en Madrid

 

           Aunque ayer Eduardo Bal, candidato de CIUDADANOS a la presidencia de la Comunidad de Madrid, no resultó ganador en ninguna de las encuestas, e, incluso, apareció perdedor en casi todas, me pareció, además de un caballero y de un patriota acreditado, un buen político y un buen candidato. ¿Qué podía haber dicho que no dijera y qué dijo que no debiera? ¿ O es que algo lo dijo mal?

Pienso que sería muy bueno y muy útil que su partido consiguiera entrar en la Asamblea de Madrid. Una vez que Ángel Gabilondo dijo, bien a las claras, o le hicieron decir, que en su hipotético Gobierno llevaría a  Pablo Manuel Iglesias Turrión como vicepresiente, ya sabemos lo que eso podría dar de sí. Por otra parte, un Gobierno del PP de Isabel Díaz Ayuso con VOX de partido coaligado no es, ni mucho menos, lo mejor. No quiero en ningún Gobierno a la extrema derecha ni la extrema izquierda. Aunque en España, para toda la izquierda y para muchos de la derecha, VOX sea la ultra derecha, y PODEMOS>, en cambio, la izquierda o, a lo sumo, la extrema izquierda. Nomen: omen.

Creo en la Resurrección

 

Creo en la resucitación de Jesús de Nazaret
por  el poder de Dios, su Padre.

Creo en la resurrección de Jesús de Nazaret.
Creo que Dios despertó y levantó al muerto en la cruz
del sueño de la muerte

y que legitimó a su Hijo predilecto
salvando su causa del fracaso.

Creo que Jesús resucitado salió al encuentro
de unas cuantas valientes mujeres galileas,

se dejó ver por ellas, y después
por muchos de sus discípulos, cambiándoles la vida.

Sé que la resurrección no es un suceso histórico,
pero sí real: una decisiva realidad.

Creo que la resurrección de Jesús es el principio
de la resurrección general de los muertos,

porque, si él vive,
viven igualmente los que creyeron en él.

Creo que resucitaremos con cuerpos de gloria,
de nueva creación:

idénticas personas, con toda nuestra vida y nuestra historia,
transformadas
por el vivificante Espíritu divino.

Creo en un futuro nuevo, completamente otro.
Creo en la grata acogida en el hondo y generoso fundamento
del mundo y del hombre;

en el paso de la muerte a la vida,
de la oscuridad mortal a la eterna luz de Dios.

El fracaso olímpico de la Superliga

 

              El absurdo e impopular proyecto, llamado Superliga, lanzado por los Florentino y Laporta de España, Italia e Inglaterra, ha tenido, a las 48 horas de su vergonzosa proclamación, el final que se merecía. Y gracias a la rebelión de los aficionados ingleses, que han puesto contra las cuerdas a los directivos de sus clubes, forzados a dimitir, o, al menos a retractarse y pedir perdón. Lo que no ha ocurrido hasta ahora en España, para vergüenza propia. Unos señoritos, que confunden su palco con el fútbol y el fútbol con su arrogancia, soberbia y ganas de ganar más dinero todavía, han querido poner en cuestión todo el sistema del fútbol europeo -que, si merece reformas, no merece contrarreforma semejante-, al servicio de su egoísmo elititista y ridículo, despreciando hasta el escarnio, intento caritativo incluido, el deporte de base y el deporte de miles de clubes locales y provincianos.

La mejor manera de salir de este olímpico fracaso para los señoritos Laporta y Florentino es irse a su casa. Y seguir viendo los partidos de la WEFA y de la FIFA.

¡THE FOOTBALL IS FOR THE FANS!

En las canteras romanas de Cascante

 

          De Monteagudo, pasando por Tulebras, vamos hasta Barillas, que encuentro muy rejuvenecido. Estuve viniendo, durante cuatro años, a las fiestas de San Miguel y desde entonces no había vuelto a verlo. Siguiendo un rato hacia Malón, vemos salir de una viña un pequeño gamo, o eso nos parece, cruzar la carretera y perderse en el campo. Volvemos para llegar a Cascante a buena hora. Con el GPS en mano, atravesamos  el centro del pueblo, camino de las canteras situadas a dos kilómetros, al noroeste de la ciudad.

Aqui tenemos que evocar aquella ciudad celtibérica de Kaiskata, con ceca propia, después municipiun romano, con el nombre de Cascantum, título otorgado por Augusto con el Fuero de Lacio; hoy soterrrado bajo los edificios actuales; centro cívico, económico y social  entonces de toda la Ribera baja de la actual Navarra, como pudimos ver cuando recorrimos las vías que de él partían y a él llegaban. La ciudad era importante y en sus alrededores, según nos recuerda uno de los paneles informativos, en cada medio kilómetro había una villa romana. Lo que exigía una gran actividad edilicia. Los romanos fueron a buscar la piedra un poco lejos, pero dentro todavía de sus términos.

Nosotros vamos bien dirigidos, entre olivares viejos y olivares nuevos, algunas viñas y algunos campos de cereal, en los que vemos por vez primera este año los herbales encañados. Cuando llegamos a una de las señales que indican el itinerario de las canteras, nos equivocamos y tomamos una pista a la izquierda que nos lleva a casi una hora de despiste, pero que nos hce conocer una vasta superficie de terreno bardenero, con muchos cabezos, pequeños escarpe, oteros, cerros, amesetados o no, con multitud de pedregales, que nos confunden varias veces y varias veces nos hacen bajar, recorrerlos y volver a subir, porque el GPS nos advierte que estamos fuera de la pista. Vemos una y otra vez la señal de la Cañada Real. Llegamos por fin a una hondonada quebrada, convertida en muladar, llena de huesos mondos de animales, cerca de una balsa artificial de aagua, casi llena. Nos pasa por encima una pareja de cuervos. Como  sobre la hondonada hay, a  un lado y a otro, grandes masas de piedra, llegamos a pensar que hemos llegado al destino. Nada de eso. Bajamos a un nivel más cercano al Valle y seguimos por una pista que atraviesa una zona parecida de cabezos y mogotes con muchas piedras. Pero aún nos falta un rato. Hasta que damos con un  panel informativo, que nos sitúa por fin en el punto exacto que buscábamos.

Estamos sobre un suelo de arcillas, limos, piedras arreniscas y conglomerados, formado hace 22 millones de años con los lagos, las lagunas, los humedales, que hemos visto esta mañana, propios de esta sona que ahora llamamos Valle del Queiles y Valle del Ebro. Desde hace dos décadas la arqueóloga cascantina Marta Gómara y una entusiasta Asociación de amigos de Cascante, Vicus, han ido revalorizando estos terrenos, donde crecen las ontinas, el esparto, el escambrón, la hollaga y el tomillo, y han hecho de ellos un itinerario cultural, recorrible a pie o en bicicleta, bajo el titulo de proyecto Quadraria, que tiene, entre otros, como fin principal contemplar algunos de los talleres de extracción  y talla de piedra en tiempo de Roma. En algunos de ellas, los más visibles, se conservan bloques de piedra arenisca que se cortaron parcialmente con picos y cuñas y no se acabaron de sacar; en otros casos los bloques de piedra tienen forma de silla o sofá, poque no acabaron de extraer todo el material del bloque, como vemos en la cantera cerca de la villa romana de Piecordero. En contra de los que pensábamos, los romanos -por medio de soldados, esclavos, mercenarios…- preferían las canteras a pie de tierra, mucho má manejables que los altos peñascos que abundan en la zona. En algunos casos  la cantera está muy delimitada sobre el terreno, pero ya no queda un centímetro de la roca que destaque sobre el suelo: todo se extrajo ya.

Los romeros no se ven desde aqui, pero sí los pinos que ornan y protegen a Nuestra Señora del Romero. Hacia allá volvemos, entre olivares, viñas ya despiertas, algunas tierras de sembraduras, algunos árboles frutales…

En las Yeseras de Monteagudo

 

               Hacía mucho tiempo que no visitaba Monteagudo –pasar por no es visitar- y no conocía, la verdad, las Yeseras de la villa. Monteagudo tiene una entrada lujosa, urbana, y nos bastó enfilar luego la humilde calle mayor parar llegar muy pronto al itinerario interpretativo. Día de sol abrileño, pero de un cierzo tan recio como en los días de Ablitas. Caminamos entre campos de almendros y de olivos, muy bien cuidados, antes de llegar a la zona bardenera, donde reina, casi en exclusiva, el escambrón. Los paneles informativos nos dan hecho casi todo. No sé que haya yacimiento en Navarra tan bien surtido.

Resulta que un buen día de 1919, un paisano del pueblo, Santiago Castillo, que estaba construyendo casa y bodega, se acercó al agustino P. Eduardo Lacarra, del convento local, y le mostró un gran trozo de maxilar, con sus tres molares incompletos pero con los restos de sus coronas; le parecía de quijada de elefante, porque, antes de explotar el barreno en esas canteras de las Yeseras, vio un colmillo que tendría de largo más de un metro. Así empezó una historia, que merece ser leída. La siguió el jesuita P. Navas, del colegio El Salvador, de Zaragoza. En los años 40, los paleontólogos catalanes Crusafont y Villalta se interesaron por el yacimiento y comenzaron una fructífera colaboración con el precursor de la paleontología navarra, el P. Máximo Ruiz de Gaona, escolapio residente en Tolosa, quien llevó a cabo la principal obra de recuperación y divulgación de restos fósiles de mamíferos y otros vertebrados, sobre todo del mastodonte Gomphateriurm angustidens, que vivieron aqui hace unos 17 millones de años. Cuando el entorno del actual Monteagudo era una sabana, como las actuales de África, en un clima subtropical, cálido y relativamente húmedo. Cuando del Moncayo y de los Pirineos nacían ríos que discurrían hacia los lagos de las actuales Bardenas, entre vastas extensiones de bosqes, praderas, lagunas y humedales, habitados por grandes herbívoros, como mastodontes, rinocerontes, équidos primitivos, súidos y rumiantes, así como grandes carnívoros, antes de que, siete millones de años más tarde, el agua acumulada en la Cuenca actual del Ebro comenzara a salir hacia el Mediterráneo y se formara el río Ebro, el río futuro de los íberos y de Iberia.

Las canteras, al dejar de explotarse, devinieron basureros de toda clae de vertidos, hasta que en mayo de 2012, por iniciativa del ayuntamiento de Monteagudo, los paleontólogos Murelaga, Suárez y Sola volvieron sobre el tereno abandonado, hicieron una serie de catas y prospecciones en un frente de cantera, del que obtuvieron parte de los fósiles conocidos. Hoy podemos contemplar la cantera desnuda y horadada, sus estratos ya más tierra que yeso, e imaginar todo lo que acabamos de leer, desde colmillos a esqueletos enteros, o centenares de piezas sueltas, como vieron primeramente el agustino P. Lacarra, el jesuita P. Navas, y después los paleontólogos de oficio que los siguieron. No sabemos qué significan esos cinco grandes cipos de piedras, diversas de forma y color, delante de la cantera, especie de menhires o monumentos conmemorativos. Tampoco está claro el destino de los restos, que parecen guardarse en Valladolid, Zaragoza, Sabadell y Pamplona. Después de salir del pueblo nos enteramos de que en la Casa Consistorial hay un incipiente Museo con la réplica de algunos de esos fósiles.

Continuamos el circuito de Las Yeseras y subimos a la explanada amesetada, llamada Mirador, donde para mirar y ver mejor, se han instalado dos plataformas altas de madera y una a ras de tierra. Pero el cierzo furioso de esta mañana no nos deja casi andar. Y no es cosa de subir más alto todavía. En la explanada yesífera han comenzado a plantar pinos y otras variantes ornamentales, pero no sé si el cierzo los dejará crecer. Los nuevos paneles nos hablan de los Sotos del Queiles, de las aves de la zona y de la migración de las mismas. Es muy de agradecer todo este curso de naturaleza y ecología. Sosteniéndonos en pie como podemos sobre esta larga vega del Queiles, contemplamos la amplia zona de los cabezos y calveros bardeneros, donde estuvieron las canteras, la cordiline pinosa que los cierra, los pocos campos verdes de labor, los numerosos olivares y las viñs que comienzan a empampanarse.  Y allí, al fondo, los montes de Cierzo, y, sobre los sotos del Queiles, Cascante, Murchante, Tudela, las Bardenas, blanca y negra… Al otro lado, la silueta brumosa y azulenca del Obispo, que es como llamaban los labriegos de estas tierras al Moncayo, siempre en forma solemne y como bendiciente, cuando no maldiciente, como los obispos de entonces.

Volvemos esta vez por otro camino, siempre entre escambrones, y pasamos por la casa mágica de Armando Baigorri, natural de Ablitas, el panadero, que ha construido  una  casa deshabitada cerca de su residencia, con piedras de toda forma y color, traídas del cauce del Queiles, del Moncayo y de donde ha podido; unidas a veces al hierro y otros metales. De lejos semeja una pagoda, y de cerca recuerda, grosso et rustico modo, a Gaudí y a Dalí al mismo tiempo; en el jardín, altas figuras de hierro, desde una cruz a escenas de labranza o de cocina. Una ingeniería de mucho ingenio, inmensa paciencia e inmenso esfuerzo. Siendo obra de un panadero, me recuerda la frase evangélica: ¿O hay acaso alguien entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra?  Amando sería quien más piedras podría dar, si alguien se lo pidiera en vez de pan.

Damos una vuelta por el pueblo. Espléndido está el castillo-palacio de los marqueses de San Adrián y su entorno arbolado. Una nueva y saludable urbanización se extiende en su foso noroccidental. Subimos luego hacia otra urbanización reciente y, rodeando el promontorio del cementerio, llegamos al parque pinoso cerca del cual pasa el Queiles, ya cansado, donde hay un grupo de jóvenes comiendo. Desde aqui arriba, la torre herreriaana de la iglesia gótica y la almenada del castillo-palacio hacen un juego de siglos. Al pasar por el convento agustino recoleto de Santa María del Camino, recordamos al P. Lacarra, e iniciador de la paleontología en Monteagudo.