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Docetismo

Como ya lo temí, el levantamiento de la excomunión a los cuatro obispos lefebvristas y sobre todo el que uno de ellos hubiera negado hacía poco el holacausto judío por los nazis ha puesto en un brete al mismo papa. Hasta Ángela Merkel le ha exigido una firme y clara condena de lo dicho por el prelado reaccionario. Y hay comentarios  en todas partes sobre herejías, cismas y otras verduras teológicas. Recuerdo que don Miguel de Unamuno solía entretenerse algunas veces en tertulias o conversaciones ligeras con amigos, clérigos, colegas polémicos o buenas gentes que le preguntaban curiosonas por su fe, hablando de ortodoxias y heterodoxias, y se reía mucho acusándolos  a unos u otros de  arrianos, monofisitas, monoteletas, ebionitas, cátaros, etc., y algunos de sus interlocutores no entendian qué quería decir todo eso. Volviendo al origen de este caso y otros parecidos, recuerdo que la primera herejía (aíresis: elección [errónea]) sectaria, que surgió en el movimiento de seguidores de Jesús (llamado en griego ecclesía: reunión, asamblea), fue la denominada herejía docetista de quienes no creían que Jesús  era verdadero hombre, con todas las enormes consecuencias que eso lleva consigo, sino que sólo lo parecía (dokeo: parecer). Ya la llamada Primera carta de Juan, escrita a finales del siglo I o comienzos del II, es contundente: Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios, y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios, es del Anticristo. Y casi a la letra se repite en la  Segunda carta de Juan. Y la herejía docetista, en sus varias versiones, es tal vez la más duradera, la que más se repite a lo largo de la historia, una de las más perjudiciales para la verdadera vida cristiana.

Las buenas palabras

Desazonado por las agrias palabras, por las irritadas actitudes, por las actuaciones injuriosas que pueblan cada día las gacetillas de nuestra vida política y social, leo con placer un viejo texto de Francisco Pacheco, en su archifamoso Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones (Sevilla, 1599), que  ha  sido calificado como el más bello manuscrito del siglo XVI, hoy en la Fundación Lázaro Galdiano, de Madrid:  Otra objección le suelen poner [al escriturista Arias Montano]: que habiendo interpretado las Escrituras, no hablase nada contra los herejes; cosa en que, por ventura, puso cuidado por por no irritallos, haciéndoles aborrecibles sus obras, pues no habiendo injurias que temer en ellas, bebían sin recelo la sana doctrina. Que verdaderamente las buenas palabras solicitan los ánimos y los apartan del error, y las malas artes indignan  y dexan en obstinación

De andar y pensar


¿No es demasiado cómodo a veces esperar hasta que la muerte nos separe?


Pi (Margall) ha sido el político de apellido matemático más puro que ha existido.


Toda buena tra-ducción (conducción a través de) es meditación y reflexión sobre lo que dice o escribe un autor. Nunca una mecánica trasposición.


Qué difícil es unir sin confundir, distinguir sin separar.

Los políticos llegan a creer que actúan en interés de los ciudadanos, porque llegan a convencerse de que el interés de los ciudadanos coincide con los objetivos de su actividad.


Ningún carbonero ha sido nunca, que yo sepa, carbonario.

Toda realidad es ya una realización. Todo es ya condición condicionante, que parte de un principio incondicionado.

Amarguras en el poder

Cada día oímos o leemos sobre amarguras de unos u otros políticos en el poder, que resisten en él, lo abandonan o/y reflexionan sobre el mismo. Uno de los políticos e intelectuales a la vez más importantes de la política española en el siglo XIX, Francisco Pi Margall (1824-1901), forzado a dimitir de la presidencia del poder ejecutivo de la I República Española, tras sólo 37 días de mandato, agobiado por la rebelión cantonalista, la guerra carlista, la división de amigos y enemigos y la deplorable situación general de España, escribía poco tiempo después: Han sido tantas mis amarguras en el poder, que no puedo codiciarlo. He perdido en el gobierno mi tranquilidad, mi reposo, mis ilusiones, mi confianza en los hombres, que constituía el fondo de mi carácter. Por cada hombre agradecido, cien ingratos; por cada hombre desinteresado y patriótico, cientos que no buscaban en la política sino la satisfacción de sus apetitos. He recibido mal por bien

Interrogatorio en la prisión

Viendo el cuadro lacerante de Alessandro Magnasco, Interrogatorio en la prisión (1710-1720), pienso no sólo en la cárcel de Guantánamo, que estos días está en la mente de todos, sino en todas las atroces cárceles que en el mundo han sido y son, y en sus cuadros de horrores. Magnasco nos pinta dos hombres encepados; otro colgado de la horca de balanceo frente a un juez civil y su tribunal; dos encadenados acompañados por dos frailes franciscos, el caballete español… Seguramente que muchas cárceles de hoy en muchos países presentan un cuadro de horrores tan espantoso o más que éste. Todo oscuro, borroso, tétrico. Un mundo muy extendido y brutal,  uno de los mas infrahumanos que existe, que ni conocemos, ni nos interesa conocer.

La formación del espíritu nacional

Me gustaría poder preguntar a muchos, que despotrican a trochemoche contra la Educación para la ciudadanía o contra todo adoctrinamiento, qué dijeron o qué hicieron cuando regía en las aulas españolas la formación del espíritu nacional. O cuando, después, muchos dirigentes eclesiásticos han querido adoctrinar y no, a la manera de Jesús de Nazaret, anunciar, invitar, proponer, compartir (más que impartir) la alegre noticia del Reino. Y a otros muchos, tal vez más jóvenes, les preguntaría qué han dicho y hecho, qué dicen y hacen, cuando en ciertas Comunidades Autónomas (que no Autonomías) se ha estado y se está adoctrinando en puntos claves para la convivencia, en ámbitos como la geografia, la historia, la sociología, la política, la lengua… y volviendo a la formación de un nuevo espíritu nacional, que muchas veces separa, aleja, amenaza, odia y destruye… ¿Qué?

Preguntas directas

En la sesión  televisiva «Tengo una pregunta para Usted», directo fue el traductor granadino, que  preguntó al presidente español cuántos niños palestinos habrían muerto  en la última guerra de Gaza con las armas vendidas por España. El joven clérigo manchego, en vez de preguntar si el feto es un ser humano, pregunta demasiado metafísica, debió tal vez haber preguntado si había visto el presidente alguna fotografía científica de un feto a las doce semanas -plazo máximo de la futura ley de plazos- y de su destrucción, y qué le parecía. O, si de despenalizar se trata y de no llevar mujeres a la cárcel, como dijo, por qué no despenaliza a todos aquéllos que roban una cartera o unas joyas, a veces a multimillonarios, y no impide que vayan a la cárcel. ¿Qué es más injusto e inhumano, destruir un feto de 12 semanas -o muchas más, en muchos casos- o robar una cartera o unas joyas para salir de un grave apuro?  Pero alegrémonos al menos de que el presidente mostrara su preocupación por el abuso de los abortos, especialmente en mujeres jóvenes, verdadera plaga que convierte el aborto en un método más de contraconcepción. Pocas veces oímos a los políticos de cualquier color decir ni siquiera eso. No parece existir para los políticos más que una moral común, la ecológica; la social apenas  la tocan; la sexual jamás, como si no existiera. Y ahora que el Tribunal Supremo ha dictado sentencia contra la objección a la Educación para la Ciudadanía, recuerdo que, en 1863, harto el gobierno del marqués de Miraflores (moderado / conservador) de que los obispos condenaran obras literarias importantes, preguntó en una ocasión a varios de ellos que concretaran las páginas en que la novela Los miserables, de Víctor Hugo, atacaba o vilpendiaba el dogma o la moral. Lo que a los prelados, entre otros el de Pamplona, no les supo nada bien. Preguntas directas.

Los lefebvrianos

Si hemos de ser tolerantes y aun liberales (generosos), como nos pavoneamos de serlo, tenemos que admitir que en una organización inmensa, como es la Iglesia católica, pueda haber extremos, de un género u otro, aunque no ultras, porque ultra significa más allá de toda regla de juego y de decencia. Por mucho que nos disguste y hasta nos avergüence su arcaica doctrina y sobre todo su torpe actitud y actuación, si los lefebvrianos se reconcilian con el resto de la Iglesia, el concilio Vaticano II y el papa, no podemos nosotros ser los ultras en esta ocasión. Ahora bien lo que ha dicho ese obispo lefebvriano, o ya ex lefebvriano, de cuyo nombre no me acuerdo, sobre el holacausto, los nazis y los judíos tiene que ser cuanto antes desautorizado seriamente por alguna alta autoridad de la Santa Sede (no digo sólo el papa). Porque, de lo contrario, ya algunos comienzan a reprochar al Vaticano e incluso al mismo pontífice un cierto relativismo, tantas veces denostado por Benedicto XVI. En este caso, sería tolerar, cuando no aceptar, una barbaridad dicha, sostenida y propagada, para…, o con tal de… Eso es el relativismo.

Tengo una pregunta para Usted

Tengo para mí que lo mejor de este todavía reciente y original programa televisivo es el programa mismo, como espejo del país y espejo también de los políticos que se enfrentan cara a cara con un público a quien no conocen y que pregunta lo que quiere. Nada parecido a los mítines, tribunas de propaganda y demagogia, ni tampoco con el Parlamento, tribuna oficial de la ortodoxia de los partidos y de los intereses que mandan en cada momento. El programa de hoy ha dado una buena imagen de la España de hoy: un país postrado por la crisis y la desconfianza ante la política y los políticos,  con un bajo tono vital, y de un presidente del Gobierno, que se ha esforzado, con la conciencia de hacerlo tarde, en infundir esa confianza, en unos momentos bajos para él y su gobierno, cumpliendo un penoso deber político. Y pedagógico: lo que es más difícil todavía.

Una historia divisora y dividida

Según el magno hispanista norteamericano, muy presente entre nosotros, Stanley G. Payne, autor de España, una historia única, el nuestro es el país donde existe una mayor controversia acerca de la propia historia (realidad). Ésta, en cuanto realidad e interpretación, aparece cuarteada, fragmentada por cada facción independentista, soberanista, nacionalista, regionalista o localista, de las muchas que se mueven en nuestro mapa, porque cada una de ellas busca su propio lugar en la historia común (realidad e interpretación), que, por cierto -añado yo- las sustenta y las explica. Si es que algunos no aprovechan la confusión y el desconcierto para favorecer similares intereses particulares y partidistas con una legal y obligada memoria histórica, que es, en su misma expresión, una contradicción, un oxímoron, pues la memoria es intrínsecamente individual y, por supuesto, no puede dejar de ser histórica. A Payne, como a muchos de nosotros, le parece increíble que haya habido un juez, por estrella que sea y estrellado que acabado haya, que haya querido anular, por su cuenta, la ley de amnistía de 1977, y recalca vigorosamente que uno de los requisitos de aquel modelo de transición  español fue el rechazo a toda política de venganza, lo que comportaba evitar cualquier búsqueda política o jurídica de justicia histórica. Tampoco tiene empacho el historiador -con quien coincidí en uno de los últimos congresos sobre la Segunda República- en afirmar que la Iglesia, factor fundamental de la constitución de la nación española, es mucho más abierta y tolerante que la religión izquierdista, más intolerante y unilateral. Lo que tal vez Payne no deja demasiado claro, aunque no deja de decirlo, es que ya en tiempos de la Transición, una facción, pequeña pero muy activa, de la extrema izquierda marxista-leninista y anarquista, de la extrema derecha falangista y tradicionalista, y de la derecha e izquierda soberanista, independentista y separatista (¡no sólo nacionalista!) no aceptó nunca ni la reconciliación, ni la amnistía, ni la Constitución, ni la historia común, ni el común futuro. Y ahí están a todas horas, arriba y abajo, aqui y allí, sacando la cabeza, las manos y los pies cuando y donde pueden. Ignorarlo o negarlo es equivocarse mucho.