Como ya lo temí, el levantamiento de la excomunión a los cuatro obispos lefebvristas y sobre todo el que uno de ellos hubiera negado hacía poco el holacausto judío por los nazis ha puesto en un brete al mismo papa. Hasta Ángela Merkel le ha exigido una firme y clara condena de lo dicho por el prelado reaccionario. Y hay comentarios en todas partes sobre herejías, cismas y otras verduras teológicas. Recuerdo que don Miguel de Unamuno solía entretenerse algunas veces en tertulias o conversaciones ligeras con amigos, clérigos, colegas polémicos o buenas gentes que le preguntaban curiosonas por su fe, hablando de ortodoxias y heterodoxias, y se reía mucho acusándolos a unos u otros de arrianos, monofisitas, monoteletas, ebionitas, cátaros, etc., y algunos de sus interlocutores no entendian qué quería decir todo eso. Volviendo al origen de este caso y otros parecidos, recuerdo que la primera herejía (aíresis: elección [errónea]) sectaria, que surgió en el movimiento de seguidores de Jesús (llamado en griego ecclesía: reunión, asamblea), fue la denominada herejía docetista de quienes no creían que Jesús era verdadero hombre, con todas las enormes consecuencias que eso lleva consigo, sino que sólo lo parecía (dokeo: parecer). Ya la llamada Primera carta de Juan, escrita a finales del siglo I o comienzos del II, es contundente: Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios, y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios, es del Anticristo. Y casi a la letra se repite en la Segunda carta de Juan. Y la herejía docetista, en sus varias versiones, es tal vez la más duradera, la que más se repite a lo largo de la historia, una de las más perjudiciales para la verdadera vida cristiana.