Los parlamentarios de la mayoría que en el Congreso insultaron al ex presidente valenciano Carlos Mazón -un político incapaz de reconocer su incapacidad y de dimitir a tiempo- en un auténtico linchamiento verbal y político, llamándole mala persona, psicópata, y hasta homicida y criminal, no son solo solamente bárbaros -como aquellos que gritaban bar, bar, bar luchando al norte de los Alpes contra los romanos-, sino sencillamente brutos, de una brutalidad agresiva y ciega, feral. Los desahogos de ciertas tertulias antisanchistas y de ciertas columnas y artículos de opinión no se distinguen mucho de este lenguaje berreante, soez e inhumano, impropio de gente cívica y civilizada.
Esta ya es, por desgracia, una costumbre de comportamiento político en las Cortes y hasta en muchos medios informativos. Me recuerda los peores momentos que sufrimos en Navarra en algunas campañas electorales de los setenta, ochenta y noventa, así como en algunos medios de los amigos y secuaces de ETA. Solía ser el preludio de crímenes, extorsiones y destierros
Si esto es ya moneda corriente en la clase política, no es de extrañar que en la calle se vuelva ya a viejas costumbres de terrorismo verbal y de baja intensidad -eufemismo para decir que no hay muertos-, como el que sufrimos hace unos días en el campus de la universidad de Navarra, gracias a las nuevas centurias de aprendices de terroristas, ortodoxos y heterodoxos discípulos de la vieja banda asesina. Eso sí, como los políticos, incluidos los cargos más importantes de Navarra y de toda España, están avezados a tales inciviles e incivilizados medios de actuación, no son ya capaces de criticar y condenar tales brutalidades. ¡Silencio en todos los portavoces oficiales!
Tampoco parece digno de rebatirse la oferta de Pablo Iglesias Turrión al PSOE para reventar a la derecha española y a sus activos políticos. Ni siquiera desde la derecha. Es ya lenguaje común, es ya cosa de casi todos. No merece la pena siquiera condenarla ni denunciarla. Preludio y presagio de algo todavía peor.