(Núm 22-24; Mt 2, 1-12)
Era en el reino tranjordano moabita
un monarca intrigante llamado Balaq
que quería acabar con los israelitas
y llamó al reputado mago Balaam.
Partió éste en su burra con dos de sus
muchachos
y llegó hasta la cima de Bamot Baal.
Alli, lo mismo que en la altura del Peór
o en la cumbre señera del monte Pigá,
entre siete altares y ofrendas de holocausto,
entonó su trovas el profeta de Aram:
–Bendito es Israel, por ser el pueblo de Dios
que no encontró en él ni culpa ni maldad;
por eso de Egipto lo llevó hasta su casa:
acostado león, ¿quién le hará levantar?
Vio entonces Balaam el brillo de una estrella
y un cetro rompiendo las sienes de Moab,
cargando implacable contra sus enemigos,
derribando el fortín orgulloso de Ar.
Cantadas las trovas, volvió el profeta a casa.
Y a su casa volvió el terrible rey Balaq.
