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«No esclavos, sino hermanos»

 

Este papa setentón no para. Después de  intentar adelgazar, reorganizar y hasta desquiciar la actual Curia Romana y de poner en pie la Comisión para la Tutela de los Menores, nos regaló el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, del 1 de enero, con unas reflexiones sobre los múltiples rostros de la esclavitud de entonces y de ahora, que  ponen los pelos de punta. Sobre todo cuando hace el recorrido por esos millones de niños, y de adultos, varones y mujeres,  privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud: trabajadores, incluso menores de edad, oprimidos de manera formal e informal; emigrantes privados de libertad y de los que se abusa física y sexualmente; personas obligadas a ejercer la prostitución; niños y adultos víctimas del tráfico y comercialización para la extracción de órganos; para ser reclutados como soldados; para dedicarse a la mendicidad; o los secuestrados y encerradoss en cautividad por grupos terroristas: muchos de ellos varias veces vendidos, o torturados, mutilados, asesinados… Francisco no se equivoca ni se anda con cataplasmas. Estamos ante un fenómeno mundial que sobrepasa las competencias y hasta las posibilidades de una sola comunidad o nación, o de un grupo de naciones: Para derrotarlo –nos previene y advierte- se necesita una movilización de una dimensión comparable a la del mismo fenómeno.- Y ahí entramos todos.

Irati y los Reyes

 

(Irati, helechal en vascuence o euskara, nombre de un conocido bosque y río pirenaico, es aqui una niña de siete meses).

 

Irati,

¿qué quieres

que te traigan 

los reyes?

 

Te trajeron la vida.

Te trajeron a este

mundo del siglo veintiuno,

fascinante y estridente.

Navegas ya en la historia,

viajerita de chupete,

por la ruta del destino,

sin detenerte.

La estrella se detuvo

en tu casa dos veces,

y se llenó de luz,

de luz de Oriente.

Te esperaban tus padres;

mucho más impaciente,

tu hermanica mayor,

que te cela y protege.

 

Irati,

¿que quieres

que te traigan

los Reyes?

 

Manojitos de rosas

son tus mofletes

y alhelí tu sonrisa

blanda y silente.

No necesitas nada.

Todo lo tienes,

florecida de besos,

bendecida de leche.

Babosilla traviesa,

tu sola eres

el mejor de los regalos,

el singular juguete

que reparten los Magos

más complacientes,

con el que juegan todos

los que te quieren.

 

Irati,

¿qué quieres

que te traigan

los reyes?

 

Dejemos que el mañana

feliz te sueñe

entre ríos y helechos,

nieblas y nieves.

Hoy tus manos activas

todo lo quieren,

todo lo miran,

todo lo prenden.

En el suelo del mundo

vivaz te mueves,

gatita bulliciosa,

gatita alegre.

Y en los brazos del aire

ríes y creces,

que el reino de la vida

te pertenece.

 

Irati,

¿qué quieres

que te traigan

los reyes?

 

 

 

Últimos aforismos

 

Se ha hablado y escrito mucho de algunos cuerpos de santos incorruptos, muertos en olor de santidad, que es un olor muy agradable. Hoy se habla y se escribe también mucho de algunos políticos incorruptos, pero no muertos, que viven en olor de anticorrupción, muy semejante al olor de santidad.

– Los que no llevan abrigo no están abrigados.

– En algo aciertan los que desde antaño creen que la derecha es superior a la izquierda. Según algunos estudios recientes, los diestros viven, de promedio, nueve años más que los zurdos.

– Menos mal que no tenemos dos bocas y un solo oído.

El champaña

 

          Un regalo navideño me pone en las manos la edición, cuidadísima por Paul Viejo, de los Cuentos completos (1885-1886), de Antón P. Chéjov. Entre los varios escritos en torno al Año Nuevo, me sorprende esta maldición  del  Champaña, que tal es el título, seguido del subtítulo: Ideas sugeridas por la resaca de Año Nuevo:

Desconfiad del champaña. Brilla como un diamante, posee la transparencia de un arroyo, es dulce como un néctar, se le tiene en más estima que al tabajo de un obrero, al cántico de un poeta o a la caricia de una doncella, pero… ¡apartaos de él! Es como una «cocotte» llamativa en la que la belleza alterna con la falsía y con la impudicia de Gomorra; es un ataúd dorado, lleno de huesos de muerto y de otras inmundicias. (…) También se le usa para brindar por el nuevo año, al que se vitorea, con la seguridad de que a los doce meses se le dará un pescozón y se le escupirá en la calva. Dicho de otro modo, allí donde hay alegría artificiosa, entusiasmo retribuido, adulación, charlatanería, hartazgo, parasitismo e inmundicia, encontraréis siempre el champaña. ¡Huíd de él!

Peñalén

 

Sobre la verde llanura aluvial que fertilizan el Ebro, el Arga y el Aragón, se asoma el desafiante espolón gris de Peñalén, hecho de cortados y bancales de yeso y arcilla, mirador alertado frente a los jinetes que llegaban del Sur bordeando el suave y seguro camino de los ríos.

El 4 de junio del año 1076, aprovechando una jornada de montería, Ramón y Ermesinda hicieron despeñar a su hermano el rey Sancho. de 36 años de edad, nieto de Sancho III de Pamplona, llamado el Mayor. Los reyes de Aragón y de Castilla, primos del asesinado, no tardaron en repartirse guapamente el Reino. El río Ega hizo de débil frontera.

Desde entonces comenzó a llamarse este trágico lugar Barranco del Rey.

Ajenos y lejanos a la historia, y símbolos de la pura geografía, se ajuntan plácidamente ahí cerca, entre tamarices, álamos, mimbreras y chopos lombardos, regalos de un conjugio feliz, los ríos pirenáicos Arga y Aragón, que llevan  deformado el viejo prefijo acuático en el euskara o pre-euskara arcaico.

El más fuerte y decidido de los dos se queda con el nombre unificado aquí, pero pronto se lo echará el padre Ebro a sus mojadas espaldas.

«La Natividad mística», de Botticelli

 

En el portal de Belén,                                                                                                                                    qué regocijo…                                                                 

 

Todo es color y alegría

debajo del tejadillo.

A su madre, azul y rojo,

levanta brazos el niño.

Gigantescos son los dos,

porque son del cuadro el quicio.

San José, como es costumbre,

sentado y viejo, escondido.

La mula alarga su cuello

alentando hacia el chquillo.

Un ángel, con los pastores,

devotos y sorprendidos.

Otro ángel con los Magos

con tres coronas de olivo.

Ángeles besan y abrazan

a penitentes rendidos,

mientras demonios escapan

porque no hay para ellos sitio.

 

En el portal de Belén,                                                                                                                                      qué regocijo…

 

Una alacre angelería

encima del tejadillo.

Tres ángeles representan

al Santo Dios, Uno y Trino.

Y más arriba, en el aire,

cuerpos celestes bellísimos,

por la belleza tocados,

por la belleza vestidos,

en desfile y en concierto,

como no vieron los siglos,

danzan y cantan sin pausa,

con música a lo divino,

la gloria y la paz de Dios

en un mundo redimido.

No hay lugar para la pena,

cuando Dios se hace  niño.

 

En el portal de Belén                                                                                                                                       qué regocijo,..    

 

Cumplir y tener años

 

Cumpliré hoy, a las once y pico  de la mañana -«durante  la misa mayor» de mi pueblo, aquel 1 de enero de 1936- 79 años. Cumplo los años ya pasados. Pero tengo (por delante), en cambio, muchos menos de vida; sólo unos pocos, si es que llego a eso. Son años, meses, semanas o días por cumplir. Días, semanas, meses o años futuros, que son los que voy a vivir. Día, pues, grande, como para todos el suyo, en el que medito sobre todo acerca de lo que me queda por vivir, es decir: por expiar, por corregir, por mejorar, por completar, por perdonar y por agradecer. Cumpleaños feliz.

Música de Navidad

 

 No sé vivir ninguna gran fiesta sin música. Y menos, la de Navidad, que hasta en los Evangelios de la Infancia aparece envuelta en músicas. Asi que me paso horas, no escuchando, sino envolviéndome, dejándome envolver, en / por la música del Oratorio de Bach y hasta del último villancico popular navideño. Este año, Dios me ha venido a ver con el concierto del Orfeón Donostiarra -que hace unos cuantos interpretó mi letrilla Y no lo esperaba nadie, que musicó Aragüés-, dirigido por José Antonio Sainz Alfaro, dado en el capilla del Palacio Real de Madrid, el 20 de diciembre de 2010, en presencia de los reyes Juan Carlos y Sofía. Con las sopranos Elena Barbé, Ana Salaberri, Leire Sarasola -subidas al púlpito de la capilla, como hadas o como ángeles-, y los baritonos Fermín Butini, Pablo Gonzalo…, todos excelentes. A clásicas obras de Haendel, Schubert o Weber, añaden otras más recientes, y de primera clase, de P. Cornelius, T. Kennedy, J. F. Von Herbeck, B. Britten (Hodie Christus natus est), J. Peris,  P. Casals (Nigra sum) o las tan populares de Gruber (Heilige Nacht) o de L. Elizalde (Los peces en el río). Los abrazos y las repetidas felicitaciones del rey Juan Carlos al director del Orfeón, al final del recital, expresan bien el regocijo y la gratitud de los oyentes. Si los ángeles -expresiones bíblico-literarias de Dios- cantan o algo parecido, no lo harán mucho mejor.- Otro de los conciertos que me ha encantado, esta vez entre los organizados por el Ayuntamiento de Pamplona «Para el tiempo de Navidad», ha sido el de la Coral de Cámara de Pamplona, dirigida por David Guindano Igarreta, titulado Al resplandor de una estrella, con obras de Francisco Guerrero (Sevilla, 1528-1598), uno de los tres grandes maestros hispanos (junto con Victoria y Morales). El concierto, tan bien trabajajdo, con la misa Puer natus est nobis, dentro del Missarum Liber Secundus (1581), difundida extensamente en España e Hispanoamérica, como contenido principal, junto con algunos motetes y canciones villanescas (La tierra se está gozando, Niño fue de amor herido...), dek mismo autor, se convirtió en  un conjunto grandioso de canto llano, órgano y ministriles, con una música profundamente sagrada, alegre a la vez y reconfortante.

El Maestro de Horcajo

 

La Natividad (c. 1400), pintura al temple sobre lienzo, del Maestro de Horcajo, que contemplo en el Bellas Artes, de Bilbao, es un pesebre alto y cuadrado de piedra blancuzca, en el patio tal vez de la posada, dentro del cual  un niño de carne  amarillenta y rojiza, entre pañales, abre sus brazos quizás sobre su madre arrodillada, cabellos rubios, túnica blanca y manto oscuro, apenas visible sobre  su cabeza el halo dorado de la santidad. Al lado derecho, se sienta -¿sobre unas tablas?- José, túnica blanquiazul y manto sonrosado, barba blanquinegra, cabeza reclinada sobre su mano derecha, en actitud reflexiva u orante y el halo cerrado sobre la cabeza.  Una mula negra y un buey rucio, salidos no sé de dónde, asoman sus cabezotas por encima del pesebre y parecen alentar hacia la criatura. Unos desdibujados montes lejanos cierran el horizonte. Un cielo, entre azulenco y gris, confuso, cubre la escena. Tonos pasteles en todo el cuadro. Es la pura sencillez. Los objetos indispensables para que todo sea lo más subjetivo posible. Es el «nacimiento», «belén», o «pesebre» más elemental que conozco. Una atmósfera nebulosa, de cendales, casi onírica, o simplemente misteriosa, lo envuelve todo. Podría titularse: «El Misterio». El Maestro de Horcajo entendió bien lo que pintaba.

El chiste de Navidad

 

Lo cuenta Forges, con sus caracteríricos trazos cómicos, y me parece de lo mejorcito, especialmente dentro del matriarcado gastronómico habitual todavía en estos días de Navidad. Está el familión comiendo el mediodía del 24 de diciembre en torno a un ama de casa con las manos en la masa, y de pronto se oye el vozarrón del padrazo de familia, que proclama:

Hoy voy a hacer yo la cena.

Todos levantan los ojos, dejan las cucharas suspensas y una sonrisa irónica se dibuja a la vez en todas las caras. Antes de cualquier otra reacción, se oye decir a la misma voz:

-¿Dónde está la cocina?