«Aquí no entra ni dios»

 

       Para evitar cualquier remedo de blasfemia, pongo el sujeto de la frase en minúscula. Se lo oí, el primer día de la llamada huelga de taxis en Madrid, a las puertas del IFEMA,  a un bárbaro, que hacía de portavoz o, mejor, de portabarbaries como ésa. Y ¡vaya si entraron! Afortunadamente. Recordé el famoso «¡No pasarán», y el «¡Ya hemos pasáo!» de la canción. Pero su intención era que no pasásemos, que no pasara nadie, cercanos o lejanos, ni por su cerco ni por sus sinrazones.

Desde antiguo, ciertos grupos, orgullosos de su pretendida y mal entendida fuerza, física o ideológica, se han creído dueños de la calle, dueños de la opinión pública, y, lo que es peor, dueños de la moral cívica. Sin entrar en la penosa polémica ac tual del Taxi y de los VTC (vehículos de turismo con conductor) -encuentro válidos argumentos en los dos-, no hay Estado allí donde la organización jurídico-político de la Politeia, de la Res Pública, de la Comunidad no sabe im-poner su arbitrio, su fuerza moral y su legítima violencia democrática. Y lo llevado a cabo en Barcelona y Madrid -curiosamente por un colectivo, que no ha pasado nunca por ser progresista y menos revolucionario- ha traspasado, una vez más, todo límite cívico y moral. Los propietarios o conductores del Taxi y de los VTC son trabajadores que fungen una labor pública, que se deben al público al que sirven, y deben, como toda persona pública, ser ejemplares en su oficio y en su vida. Y dejémoslo ahí.

La verdad es que este bochorno, que, obligadamente, tenemos que sentir y sufrir cada día en TV  y  en la Radio contrasta sobre manera con el acontecimiento singular del que esribí ayer. Y el contraste no puede ser mayor, para vergüenza de los huelguistas…