No puedo más. Hace ya tres días que apenas me entero de lo esencial, pero no puedo ya ver la tele ni oír la radio, que a todas horas informan sobre el chiquito. (Por cierto, ¿sabrá la mayoría de interesados que Julen significa en castellano: Julián?). ¿Y no llegaron ya hace tiempo los medios a un abuso de la libertad de información, acercándose peligrosamente al exceso y hasta al morbo perverso?
Sea como sea, creo que no ha habido desde el rescate de los mineros de Chile, hace ocho años, y ahora aún con más intensidad, un acontecimieno que nos haya conmocionado tanto. Está siendo en verdad otro rescate heroico, y ejemplar por varios motivos: por el número de personas, de horas de trabajo, de dinero, de entusiasmo. Oír hablar a esos jefes-portavoces, ingenieros, bomberos, mineros, guardias civiles… es un regalo humanista en este mundo en el que vivimos. Una excepción sublime en el habla pública, cotidiana, de nuestra politeia (res publica), de nuestra comunidad. Una verdadera obra de genial ingeniería de humanidad, sea cual sea el resultado final, que nadie de nosotros quiere imaginar, si es que ya es tiempo de imaginación.
Frente a lo que vivimos/sufrimos en Cataluña; en la «huelga» salvaje de los taxistas y en tantas otras situaciones miserables, esta hazaña comunal y comunera de Totalán (bello nombre para la imaginación lingüística) es toda una prueba saludable de que aquí existe y se mueve un pueblo, una nación, una humanidad… Bendito sea Dios.