Nuestra conciencia es nuestro castillo interior. Nuestra genuina residencia humana. Tanto, que llegamos a confundirnos con ella. Sin embargo, solemos conocer nuestro mundo exterior bastante mejor que nuestro mundo interior, donde aquél también está, si sabemos verlo. En ese recinto interior nos ennfrentamos nosotros mismos: el «yo» falso y el «yo» auténtico. Como en el drama de Unamuno y en la película de Andrea Jaurrieta, siempre hay un «otro», que nos persigue, que nos apela, que nos espera, y que tal vez nos ayuda a asomarnos al Otro. ¿La identidad, la patria verdadera, la tierra prometida?
Dicen los ascetas y místicos de nuestro tiempo que, después de habernos «desprendido» de las cosas, de las personas, y hasta del falso «yo» -el mayor estorbo para la purificación y el esclarecimiento de nosotros mismos-, encontramos por fin la libertad. Que me parece un nombre más propio que el «vacío» o la «nada», que nada nos dice. Porque la vida y la conciencia son mucho más que nada. Y nosotros no somos nadie: somos mucho más que nadie.