Aquel puntito blanco…

 

                   Nos llevaban a los cinco en su motonave a los cinco nuestros amigos chinos, agradecidos por la limosna que les habíamos dado para arreglar la capilla del santo y la escultura moderna para colocarla en ella. Estaba la mar en calma. Era la mañana clara de un día de abril.

De pronto comenzamos a ver en el horizonte, sobre la sombra azul y borrosa de un pequeño monte, una puntita blanca, una mota blanca, como una luz blanca apagada. Y cuanto más avanzábamos sobre la lámina marina, mejor íbamos viéndola y redondeándola.

Tengo clavada esa pequeña luz, ese puntito blanco, en mi alma. Siempre que he vuelto al mar, siempre que ha ido a Javier, y a veces, con los ojos cerrados, sigo viéndola.

Era la pequeña y sencilla capilla caleada, dedicada a Francisco de Javier, allí cerca de donde murió, solo en compañía de su fiel servidor China, aquella noche del 2 al 3 de diciembre de 1552. Le abandonaron hasta sus mejores amigos mercaderes. La lógica del mercado no es siempre la de la santidad.

Él se quedó cual nave varada sobre la arena de la playa, frente a las costas de la China anhelada. El les abrió, con la llave de su sacrificio y de su muerte, las puertas del inmenso imperio a los que le siguieron poco después: Martín de Rada, Ricci, Valignano…

Creo que, aunque no hubiera existido esa capilla blanca, también habría brillado una luz, un puntito blanco al menos, allí donde murió el santo jesuita navarro. Fue demasiado grande para que no le hubiera seguido la luz.