«La Trágica», de Mahler

Confieso que, hacía tiempo, no había sentido tamaña impresión de una obrra y de  una orquesta sinfónica como la que sentí el otro día ante la sexta sinfonía de Gustava Mahler, interpretada por la orquesta filarmónica de la Scala de Milán, dirigida por el maestro Semyon Bychkov. Qué claridad sonora, qué ímpetu arrebatador, qué poder total de seducción. Sólo un intruso e indeseable apátrida  en todas partes, como bohemio, austríaco, hebreo, convertido después al catolicismo, firmemente convencido de que el mundo, nauseabundo e hipócrita, se deshacía en la corrupción,  seguro de la inmortalidad de su próspera existencia y privado de toda seguridad en la inmortalidad de su espíritu, podía escribir una obra de tal densidad artística y espiritual. Calificada por el propio autor de trágica, representa el pesimismo y la lucha desesperada del hombre con la muerte. Para ello, la poderosa orquesta, con los continuos juegos de la percusión múltiple: cencerros, campanas, platillo, xilófono, látigo, gong, martillo… Para ello la marcha enérgica y vehemente del primer movimiento; el pesado scherzo; el andante moderato, que hace de refugio campestre en el contexto trágico general, y sobre todo el final dramático: toda una marcha ciega del destino, que recoge todos los temas anteriores, todos los momentos felices y menos felices de una vida, que deja de latir en el pizzicato de la cuerda grave al termino de la sinfonía. Certero anuncio de todas las desdichas inmediatas en la vida del compositor más grande del siglo XX. Hacía tiempo que, salvo  mis predilectas  Pasión según San Mateo, de Bach, y La Creación, de Haydn, no había vivido una conmoción musical tan honda como ésta.