Con el título Otra vez los pogroms, ¡qué vergüenza!, publicaba hace dos días Alfonso Sastre en el diario portavoz de ETA-Batasuna una breve diatriba contra la impugnación por el Gobierno español de las listas electorales presentadas, a la cara o al revés, por esa organización independentista terrorista. Para el dramaturgo y escritor español, defensor incansable de los etarras, esa elemental defensa del Estado de derecho es un pogrom, palabra rusa que significa destrucción y devastación, en el sentido de matanza y pillaje llevada a cabo por una multitud enfurecida contra una colectividad, especialmente contra los judíos. (La expresión correcta en español es pogromo). Para eso se va Sastre no sólo, y como es natural, hasta los nazis de los años treinta y cuarenta del pasado siglo, sino hasta la peste de Milán y sus inocentes victimas, tema célebre de Manzoni, y, cómo no, hasta la Inquisición (se supone que la española sobre todo). No se le ocurre citar a este defensor impertérrito del bolchevismo -cosa que confirma explíctamente en su escrito-, los pogromos leninistas, stalinistas, maoistas, polpotistas, etc. de tiempos muy recientes, pero ni siquiera los únicos pogromos que ha habido en España en estos últimos tiempos, que son los de su querida banda. Es, como habitualmente sucede con muchos cínicos y fanáticos, la historia al revés. Los verdugos intentan hacerse pasar por víctimas. Los asesinos, por beneméritos de la sociedad. Ya Platón, en su Trasímaco, nos hizo ver que cuanto más injusto es y quiere ser el hombre que comete injusticias, más habla y necesita hablar de justicia a todas horas y en todo lugar. He aquí un ejemplo más, repugnante.