Viaje por Tierra Estella

 

   Me voy con Luis, profesor jubilado, escritor imparable y muy documentado divulgador histórico, a dar un paseo por nuestra Tierra Estella. Comenzamos por Villamayor de Monjardín, donde el alcalde Eugenio, mucho antes de que llegue el párroco, nos enseña la preciosa iglesia románica con avances hacia el protogótico, la singular cruz parroquial románica y el entorno del templo, con un rodal de estupendos acebos en el lado norte. Lo encuentro todo mucho más cuidado y bello que cuando lo vi la última vez. El alcalde nos pondera la mejoría del pueblo gracias al Camino de Santiago -dos albergues privados, un bar municipal, una tienda, muchas casas nuevas y adecuadas al poblado primitivo- y gracias a la diligencia del ayuntamiento que él ha regido durante muchos años: escultura de Sancho Garcés I, diseño de la plaza nueva, frontón y nueva casa consistorial…

En su todoterreno subimos hasta las imponentes rocas, verdadero yunque de  conglomerados, donde se levantó el que fue castillo de Deyo, de los renegados Banu Qasi, y después de San Esteban de Deyo, tras la conquista por el primer rey navarro, Sancho Garcés I. Veo por vez primera el interior de la ermita barroca dedicada al santo, donde se dice que estuvieron los restos de varios reyes navarros; el aljibe primitivo, restos de las defensas carlistas de la segunda guerra civil… El alcalde anda queriendo arreglar las arcaicas escaleras de piedra, difíciles de subir, que dan acceso al recinto, pero los técnicos forales no le dejan. Luego nos ponemos a ver bajo la rosa de los cuatro vientos los 60 pueblos que desde allí se divisan. Los picos de Soria, Guipúzcoa, Álava… Sobresalen el Moncayo; las cimas de Ezcaray, el San Lorenzo y los Pirineos nervados, y, más cerca, la sierra de Codés y los encinares y robledales de los valles  aledaños, Desde el recodo  bajo  la atalaya, dos jóvenes de pueblos vecinos se tiran, en dos tiempos, en parapente, siguiendo la señal de una bandada de buitres que vuelan hacia arriba buscando la burbuja concéntrica de aire caliente que conocen bien.

El alcalde, que conoce a todo el mundo, que lo sabe todo de su pueblo, el de antes y el de ahora, a quien sirve y quiere con entusiasmo, nos deja anodadados. No creo que el de Zalamea fuera mejor. Un fenómeno (crack, dicen ahora los anglófilos castizos).  Salimos hacia Codés, y en la hospedería nos dan garbanzos, morcilla, lomo y boquerones. Hacemos una visita a la Señora del santuario, siempre tan juvenil y sensible, Y ya de vuelta, nos paramos un poco y nos tomamos un postre de uva tempranillo en una viña de pámpanos despampanantes de color, en la que parece no haber racimado nadie.

Llegamos a Viana. Y cuando estamos fascinados, ya a punto de anochecer, contemplando las ruinas interiores de la igesia de San Pedro, una de esas ruinas que fascinaban también a Gustavo Adolfo Bécquer, comienza a llover. Eso y el haber dejado mal aparcado el coche en la estrecha calle de entrada, nos obligan a salir antes de tiempo, porque nuestro propósito era recorrer las tres calles clásicas de Viana. Hemos de volver.