Una sociedad enferma (IV)

Que el impacto de la gran crisis en las instituciones democráticas sea grande, no hay nadie que lo dude. Otra cosa es el volumen y la duración del impacto, cuyo conocimiento nos haga conocer igualmente el deterioro real, habitual, de esas instituciones, con crisis económica o sin ella. Ya la Encuesta Europea de Valores en 1999 reveló que,  con la excepción de los sistemas de enseñanza y de sanidad, de seguridad social y la policía, todas las demás instituciones no merecían la confianza de los ciudadanos. Y entonces no había crisis. Los últimos puestos los ocupaban la Iglesia, la Prensa, la Administración Pública, las grandes empresas y, sobre todo, los sindicatos. Qué quiera decir esto no es fácil interpretar. ¿Acaso los españoles han dejado desde entonces de leer periódicos? Y la Iglesia ¿pasó tan pronto de ser una institución muy respetada a ser abominada? Sea lo que sea, el sondeo de Metroscopia de junio de 2012, citado por nuesto sociólogo, confirma que el 62% de los españoles piensan que sus instituciones públicas no están a la altura de las circunstancias, y que sólo un 9% se sienten protegido por ellas. Según ese reciente estudio, la inmensa mayoría piensa que funcionan bien los médicos, los científicos, los profesores, las pequeñas y medianas empresas, la policía de nuevo, la guardia civil, las organizaciones no gubenamentales y Cáritas (obra, por cierto, de la Igiesia). Y otra vez, a la cola, están el Gobierno (la Administración Pública, especialmente la Justicia), la organización patronal, los obispos, el Parlamento, los bancos y, en útimo lugar, los partidos políticos. Coincide en lo fundamental el baremo del CIS, de mayo de este año, que confirma la confianza de los españoles en los bomberos (la cifra más alta: 93%), los médicos de nuevo, las Fuerzas de Seguridad… y  su desconfianza máxima en la justicia de los jueces. La deconfianza de los ciudadanos en los partidos políticos y en la política es fácil de entender, ya que los numerosos casos de corrupción pública y la baja moral y baja capacidad de muchos de nuestrros políticos les dan cada día abundantes motivos de repulsa. Con todo, no repercute gran cosa en la abstención ante las elecciones  de todo nivel. La caída en la estimación de la Monarquía, (siempre alta fuera de España) hasta hace poco  también en muy alta estima, es probable que se deba a coyunturales razones, de todos conocidas. Creo que la desestima tan profunda de la Justicia va mucho más allá del caso Garzón, citado por G. Anleo, y tiene mucho más que ver con ciertas experiencias directas que tiene la gente de una injusta administración de la  justicia, además de actuaciones disparatadas en torno a terroristas de ETA, muy anteriores  al caso Garzón y al escándalo del piadoso Divar, amén de otros casos más recientes. No creo, en resumen, que pueda explicarse esta variedad de confianza / desconfianza de nuestro pueblo por la anomia o rechazo de ley, disciplina, autoridad…, aunque tampoco es probable que haya desaparecido  del todo el hondo fondo anarcoide que ha caracterizado durante décadas a muchas de nuestras gentes. El aprecio por las Fuerzas de Seguridad, salvo en alguna parte de España, así como  por los profesores y científicos, contradice el solo criterio anómico. Que la opinión popular esté cerca de quien la protege, sean bomberos, médicos o guardia civil, es, de suyo, comprensible. Que no se sientan protegidos, comprendidos, aceptados o animados por la Justicia, la Política o la Religión…, es algo que los jueces y magistrados, políticos de toda especie  y miembros mil de las Iglesias deberán pensarlo muy concienzudamente.