Sobre memoria histórica

 

       Estos días, todo el mundo habla de memoria histórica. Sobre este punto hay que andarse con cuidado e incluso con pies de plomo. No sea que quienes suelen estar dispuestos a pensar y hablar mal, que son muchos, tengan ocasión de llamarnos franquistas y aun fascistas a todos los que, preferimos la historia a la memoria, siempre limitada y selectiva, y la reconciliación a una permanente guerra civil.

El nombre, además de redundante (toda memoria es histórica), no da razón a los buenos propósitos que tuvieron algunos, al menos, de los que prepararon la ley y el movimiento consiguiente. Y sólo la historia, que es omnicomprensiva y de suyo rigurosa, puede cumplir las exigencias de justicia, reconciliación y paz.

El hecho de que el tiempo de la Segunda República no entre en los objetivos de la llamada Memoria Histórica hace imposible que se entienda con ecuanimidad ni el tiempo de la guerra civil ni el tiempo de la posguerra. Quien haya estudiado a fondo los años 1931-1936 sabe lo que quiero decir.

Y la tarea intelectual de muchos de nosotros es seguir estudiando ese período e ir diciendo lealmente nuestra opinión y, si es posible, nuestro conocimiento.