Primera semana de Adviento

 

Dios, el inmenso lago sin orilla,
al decir de nuestro amigo Dámaso, el poeta,

buscó ese punto tierno, minúsculo, asustado,
y quiso limitarse, haciéndose pequeño,
casi nadie, y aun nada,
sometido a nuestras leyes,
espaciales, temporales,
a nuestra constitutiva finitud.
A tener una carne aterida o sudorosa
y a colgarse un inquieto corazón.
¿Dios se rebajó? Se humanizó, que es otra cosa,
y los hombres, un tiempo, fueron como él.
Su amor inmenso e infinito,
divinamente enamorado,
asumió para siempre la humanidad entera
en el Amor excepcional de su Palabra.

Nunca supo la historia nada semejaante.