Por la Blanca Baja y por la Blanca Alta

 

                 Por fin un sábado con sol y viento de mayo. Nos dicen que las Bardenas Reales -Parque Natural y Reserva de la Biosfera- están como nunca, y eso que el año pasado estaban muy bien. Entre arrozales y campos aún verdes de cereal nos plantamos junto al santuario de la Virgen del Yugo: el yugo de bueyes del labrador, bajo el pino sobre el que se le le apareció. Las moreras, los pinos y sobre todo los olmos ya comienzan a dar sombra. La emita está abierta, desde donde nos miran los grandes, bellos y compasivos ojos de la Virgen románica. La terraza del restaurante está abarrotada; los juegos infantiles y las barbacoas llenos de gente. Y no nos falta la leve sombra de un olivo en un rincón silencioso para yantar y sestear como en el mejor de los mundos.

Ni tampoco, posteriormente, un buen mirador para tomar un café y  contemplar desde esta atalaya la sin par maravilla de las Bardenas, aquella cubeta geológica que, entre la Cordillera Ibérica, la Costera Catalana y los Pirineos, dentro de la Depresión del Ebro, nos dejaron los Reyes navarros y que Felipe V, por una real cédula de 1705 la destinó al congozo de 21 ayuntamientos navarros y la abadía de la Oliva. Todos celebramos que el año  2008 el Estado español les concediera la nuda propiedad de las tierras.

Desde que hace 35 millones de años, se interrumpió la conexión con el mar, el espacio se convirtió en una zona lacustre rodeada de bosques, y desde  entre 21 y 15 millones de años el terreno se fue sedimentando hasta alcanzar 700 metros de espesor, mientras el sol, el agua, los vientos y la tierra siguieron, hasta hoy mismo, jugando a levantar una geología y geografía fantástica,  pidiendo prestadas a la geometría algunas de sus figuras más representativas: los materiales mas duros arriba: calizas, areniscas, conglomerados… y, abajo, infrayacentes, los más ligeros. arcillas, margas, limos y yesos, formando murallones, castillos, torretas, oteros, mesetas, cabezos, lomas, altirones, pirámides, de varis forma y color, escalados muchos de ellos, sobre todo este año de lluvias, por romeros, tomillos, gamoncillos. aliagas, lastones…

Entre el Plano, al Norte, alto, tierra de cereales, y La Negra, al sur, cubierta de pinares y de vegetación de monte bajo, La Blanca, baja y alta, es la zona más erosionada, por más abierta, más indefensa, más bella también. Desde aquí vemos algunos de sus más icónicos lugares: Castiltierra, el cuartel militar, Pisquerra, El Rallón…

Bajamos del Yugo y por la carretera del Parque Natural entramos en la Blanca baja y seguimos por la pista que recorre el perímetro del Polígono de Tiro del Ejército del Aire. Este año, las 21.019 hectáreas sembradas de cereal, casi la mitad del espacio total. mayormente cebadales, ya ceriondos, han conseguido un buen talle, cosa aquí difícil de conseguir, y van a dar una buena cosecha, digna esta vez de recolectar. Otra de las novedades es poder ver agua en casi todas las balsas, balsetes y charcas, entre carrizos y juncos, y en el cauce de los numerosos y atropellados torrentes, casi siempre secos otros años y en otras estaciones, que cruzan el atormentado y tortuoso suelo bardenero. Son llamativas las espigas doradas de los espesos espartales que ocupan buena parte del Polígono  y de la misma Bardena; menos lo son las axilas foliares de los sisallares, mientras los más comunes ontinares ya las perdieron hace meses.

Los tamarices son los árboles por excelencia de las Bardenas y crecen sobre todo en  barrancos y tierras encharcables, poniendo un poco de vida en la terrosa aspereza eremítica.

Tenemos a lado  y enfrente los montes bardeneros de Aragón, y, dejando la trinchera geológica, donde se alinean El Rallón y Piquerra, avanzamos, entre avenas locas onduladas y cabezos de losas descabezados, hacia la Blanca Alta, con terrazas y glacis colgados (sasos), hasta llegar al monumento al pastor, de Antonio Loperena, cerca de El Paso, entrada a las Bardenas, desde donde enlazamos luego, entre rebosantes campos de cereal, todavía verdes, con la carretera entre Figarol y Carcastillo.

Está el cuadrivio de la villa bardenera y castelar alegre de sol complaciente, gente ruidosa y cervezas brillantes, y bien merece el momento un reposo.