Volvemos, por donde hemos venido, a Maeztu, sin detenernos, como siempre, Y seguimos por la carretera que se trazó por el cauce abierto por el río Berrón, que nace en las montañas altas alavesas, cerca de Roitegui, y desagua en el Izki, cerca de Bujanda, para, juntos, hacer crecer al Ega, otro río alavés, en el término de Santa Cruz de Campezo.
Pero esta vez sí que nos paramos por fin en Antoñana, viejo fundus romano, y villa medieval amurallada,montada sobre un fuerte anterior. Ahora monumento nacional de Euzkadi, fue nuestro rey Sancho el Sabio, el que hizo levantar sus murallas el año 1182, después de haber fundado Vitoria un año antes. Recorremos las tres calles, unidas por medio de cantones, callejas y pasadizos cubiertos por estructuras de madera. Es mucho más complicado que Corres. La calle Mayor, que separa los barrios de Arriba y Abajo, atraviesa todo el poblado uniendo las dos entradas. En ella se encuentran varias fortalezas medievales y renacentistas. Por ejemplo, una Casa-Torre del siglo XIII, adosada parcialmenre a la antigua muralla, modificada un día para vivienda, que pudo pertenecer a los Hurtado de Mendoza, condes de Orgaz, que poseyeron en un tiempo la villa. El escudo de otro palacio lleva la leyenda de los Elorza. Al pasadizo de la calle Mayor y Sol a través de la muralla se abren las entradas de dos casas, una en cada calle, al igual que la entrada al ayuntamiento a través de un pasillo elevado. Varias casas de piedra, de piedra blancuzca como la de la iglesia, conservan entramados de madera.
La muralla ha ido integrándose como parte de las viviendas, que se adosan en su parte interior. Ventanas y balcones se asoman a ella perforándola. De todas las puertas que tuvo se conserva sólo la de la entrada sur, asi como un cubo en el lado oeste. La altura de la muralla oscila entre los 5 y 12 metros, con un espesor de 1´30. El monumento a la abeja junto a la muralla nos recuerda la existencia cercana del Centro Ápico. Desde el mirador a la altura de las murallas podemos ver toda la vega del río Berrón, las huertas, el área de recreo, las arboledas y el cerco de las montañas cercanas con sus dentados roquedos. Desde aquí nos imaginamos los legendarios tejos (agiñak) que pasan de los cinco metros, y que buscan los turistas; el club Pottoka, centro hípico que disfrutan los aficionados cabalgantes, y la ermita románica de Santa María, que ya no podemos visitar.
La esbelta y gallarda torre neoclásica, que congrega y verticaliza todo el pesante poblado medieval, remata también la iglesia de San Vicente mártir, que sustituyó en el siglo XVIII a otra iglesia-fortaleza anterior.
Y el resto del inmenso Parque natural de Izki, para otros días venturosos como éste.