Por el Parque Natural de Izki (I)

 

        Es un día de finales de abril, pura primavera. Pasamos por el corredor de las Améscoas, tierra entrañable para mí, que la recorrí toda y escribí mucho sobre ella. Por el costado occidental de Larraona, bajo la peñascosa Sierra de Entzia, apéndice de la Sierra Urbasa, llegamos a  las murallas y puertas medievales de Contrasta, en la que no entramos esta vez, y dejamos para la vuelta la visita, indispensabnle, a la ermita de N. S. de Elizmendi, hecha de estelas y lápidas romanas. A unos cientos de metros del pueblo siguiente, Ulibarri-Arana, primer pueblo del Valle (Aran) de ese nombre, escogemos  el altillo del atrio de yerba de la ermita de Santa María, con tres jóvenes tilos, para dar cuenta de nuestra comida campestre. Ya repuestos, damos una vuelta por Alda,a capital del Valle de Arana, y, no viendo una cafetería o algo parecido, seguimos hasta San Vicente de Arana, donde la encontramos, y muy concurrida, en medio de una pequeña plaza. En la iglesia parroquial que  tenemos delante, obra destacada del plateresco vasco, hay dos altares mayores superpuestos unidos por una escalinata de piedra, pero a estas horas es imposible verla. Aquí, como en algunos pueblos navarros, pondrán  los mozos, el próximo 3 de mayo y hasta septiembre, el simbólico mayo: un haya con una veleta, un pañuelo bendito y una cruz de cera virgen. Estamos a espaldas de nuestra Sierra de Lóquiz, debajo de la Sierra de Alda (1126 m.), y por detrás  de nosotros tenemos el Bitigarra (1163), a cuyos pies la ermita de Santa Teodosia atrae a miles de personas en la romertía de septiembre, jun to con el gran fresno de 23 metros, arbol singular del País Vasco, y en tiempos remotos seguramente una deidad local.

Desde San Vicente, en vez de bajar a la capital de la Cuadrilla de Campezo, Santa Cruz del mismo nombre, ya muy conocida, nos adentramos hacia los Montes de Izki, el núcleo montañoso, que hace posible el Parque natural. Pasamos, curva va curva viene, por los pueblecitos, como de juguete, de Sabando, Arenaza, Cicujano y Leorza, ccolocados a un paso de la carretera comarcal, por pequeños y grandes campos de cereal, en pleno esplendor de los verdes verdoyos de los cebadales, que dentro de unos días ceriondoarán, y de los verdes azulencos de los trigales, cortos de talle y prietos de sembradura. Pasamos -¿cuándo nos pararemos alguna vez?-por Maeztu, sin ver si quiera el «Papamoscas», y entramoe en el área montañosa de Izki, donde nos saluda, impertérrito, el Mantxibio (930).  Pronto vemos las altas casas medievales de Corres, objetivo primero de nuestro viaje, donde está el Centro de inerpretación de Izki. Pero no hemos llegado todavía, y aparcamos junto a otros muchos coches, en un área de recreo, bien arbolada y ordenada junto al río Izki, con asadores, bancos, mesas, fuentes, juegos infantiles…, en la que pasan el día un sin fin de paisanos.