(Iré redactándolo del domingo al miércoles de ceniza)
Cántico de Moisés (Deut., 32, 1-34)
Ya es hora de volvernos hacia Dios,
la Roca original que nunca falla,
nuestro Padre leal y nunca pérfido,
el justo y recto en todas sus acciones.
¿No es él acaso el Ser que nos creó,
el que nos hizo ser lo que al fin somos?
¿Por qué le abandonamos, pervertidos,
u olvidamos, ingratos, tortuosos?
¿Así le pagaremos sus favores
y el futuro que siempre le exigimos?
El nos hizo su pueblo y su porción,
y nos cuida cual niña de sus ojos.
Como águila que incita a su nidada,
desplegando las plumas de sus rémiges,
así guía el Señor nuestra existencia
por las rutas seguras de la vida.
Con los frutos del campo nos mantuvo,
con la miel y el aceite de las peñas;
con la leche y la carne de rebaños,
con el trigo y la sangre de las uvas.
Y nosotros, rollizos y turgentes,
rechazamos a Dios, nuestro Hacedor;
despreciamos la Roca que no falla
y nos fuimos tras dioses extranjeros.
A cien dioses ignotos adoramos.
A demonios, no a Dios, obedecimos.
Desleales, buscamos vanos ídolos,
que fueran parecidos a nosotros.
Nuestro Dios pudo entonces destruirnos,
quemarnos hasta el fondo del Seol,
consumirmos de fiebre y mala peste.
reducirmos a polvo sin recuerdo.
Pero ahora no quiere castigarnos,
no sea que se rían de nosotros
sus viejos enemigos, y que piensen
que en sus manos está nuestro destino.
Sabemos que esos dioses no nos salvan,
que sus rocas no son nuestro refugio.
Que no existe otro Dios a nuestro lado
y nadie que nos libre de su aliento.
Sólo Él puede herirnos y sanarnos,
y hasta hacernos morir y revivir;
desenfundar su mano justiciera
o recogerla en su misericordia.
Alégrense los cielos con su Dios.
Aclamadle, naciones, con su pueblo.
Celebremos su fuerza y su poder.
Que es el Dios a quien todos esperamos.