Me he asomado a la ventana norte de mi piso alto de Pamplona, que da los glacis de la Ciudadela del siglo XVI y me ha parecido de pronto ver un cuadro de Claude Monet, uno de los que pintó, un día de invierno, en Argenteuil. En seguida he dudado si era, en cambio, otro de Alfred Sisley, pintado en otros inviernos de Moret o de Louveciennes, Y luego me ha venido a las mientes un fragmento de las clásicas estampas de Pieter Brueghel el Viejo, en Los cazadores en la nieve, o en La Adoración de los Magos, y así he estado contemplando la nieve, sólo la nieve, sobre la yerba, sobre los árboles, sobre las casas, sobre la Tierra. Un regalo único, que sólo los grandes pintores saben agradecer.