Nuestra próxima excursión es, pues, la necrópolis de San Pelayo en la industrial villa de Alegría-Dulantzi, con cerca de 3000 habitantes, dentro de la Cuadrilla de la LLanada Alavesa. La encontramos pronto al sur del arroyo Arganzubi, cerca de la estación de tren y de la urbanización de villas ajardinada, gracias a un panel didáctico colocado a la vera de la Avenida de Nuestra Señora de Aldaia (en dirección a su cercana ermita), que se abre amplio paso entre dos grandes industrias. A 400 metros del Itinerario de Antonino, llamado camino romano.
Pero, tras el panel, y antes de las naves industriales queda un resto de campiña viva con varias fincas donde se cultiva el cereal. Avanzamos por un rastrojo y luego por una pieza que se empina de este a oeste, recién bravanada, que en las crónicas aparece como colina, colina mínima, y que recorremos de un lado a otro, a pesar de la dificultad del terreno. Vemos desde aquí, el cercano cerro Henaio, donde estuvo el castro de la Edad de Hierro, que lleva su nombre, que visitamos hace tres años, pero que tal vez tiene poco que ver, o sí, con la necrópolis de los siglos VI y VII.
Todo comenzó en 1917, cuando el joven Felicísimo Pérez de Arriluce araba la tierra con un arado y dio, sin saberlo, con en un sarcófago de piedra, que era la tumba de un adolescente o adulto de pequeña estatura. Cuba y tapa de piedra acabaron en la cuadra de la casa, y la cuba sirvió de pesebre para los animales. Posteriormente, rota la cuba, la familia entregó a los arqueólogos la tapa de la sepultura. Con el tiempo fueron apareciendo muchos restos, sobre todo tras la llegada del tractor, algunos de los cuales se guardaron y otros se perdieron. El arqueólogo alavés Aitor Iriarte Kortázar pateó y estudió el terreno desde el año 1990, en distintas ocasiones, recogió numerosos objetos, y en en 1997 Azcárate hizo una prospección mayor y recogió nuevos materiales. Entre todos apilaron 13 puntas de lanzas, 4 hachas arrojadizas (franciscas), cuentas de vidrio, muchas cerámicas germánicas modeladas, dos anillos de bronce, lascas de sílex, maderas claveteadas de ataúdes con muchos clavos, y hasta sigillata hispánica tardía. Numerosos huesos fueron apareciendo desde 1917 hasta las últimas excavaciones.
Azcárate mantiene sobre San Pelayo la misma tesis que sobre Aldaieta. Iriarte, en cambio, que extiende la misma opinión sobre las dos necrópolis, escribe: Los inhumados en las necrópolis son soldados y sus familias, establecidos en pequeños asentamientos, sin gran significación urbanística, pero dotados de una fuerte composición defensiva. (…) Se podría plantear la existencia en esos puntos de guarniciones, controlando la línea fronteriza con el reino visigodo.
En uno y otro caso, no serían necrópolis visigodas. Serían vascones que vivían y eran sepultados al modo franco-aquitano, o soldados francos que ocupaban, siquiera provisionalmente, unos territorios de la Hispania goda, en los siglos VI y VII, que un día se llamarían Navarra y Álava.