Mañanitas de nieblas

 

        No siempre la niebla inunda y ahoga los valles, sino que va y viene tomando las más variadas formas y maneras.

Puede quedarse suspendida, entre cielo y tierra, como una nube mágica, protectora y amenazadora, sobre Etxarren (Valle de Arakil), bajo la severa rectitud de la sierra de Aralar.

O refugiarse, de similar guisa, en la llanada de Pamplona, atravesada por el Arga, entre San Cristóbal y la mesetillas de la Cuenca, dejando el Valle de Etxauri, defendido por el peñascal del mismo nombre.

Y sobresaltarse, arrebolada ya, entre el caserío de Gorriti,  cuando el sol ocupa desenfadado  las cotas y posiciones fronterizas de los viejos bandos medievales.

O persistir en el empeño opalino de no abandonar Goñi, serrano y defensivo, hasta retirarse, vencida por la mañana, entre los húmedos pasillos del hayedal, que conoce mejor que nadie.

Las casas se retratan al sol con su sonrisa caleada, señal de que la niebla desaparecerá pronto como un hada hadada.

Son nieblas, sólo nieblas, dirá la gente y esperará al buen sol, que alegra estos días del último otoño.